martes, 25 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XI. Óleo de Dolores Parga


Dolores Parga. "Praia da Mourela, Meiras"
Óleo



El mar de mi tierra, mar bravo, mar inquieto. En el pincel de Mariló la playa, el mar, con toda su belleza y fuerza.


La muchacha de la Casa Luna

XI

(Capítulo II)

Casi no había dormido. Había llegado tarde a la entrevista con el Presidente del gremio de Protésicos, que lo estaba esperando con el asesor jurídico de la entidad y con un humor de ¡mil pares de demonios! Después de la nochecita movida que había tenido, lo que menos deseaba Ricardo era discutir. Y el Presidente lo que menos deseaba era no presentar batalla y bajar la guardia. Por lo que el ¡Buenos días!, en realidad fue ¡Pero que coño se cree, no le llega con verter toda esa basura de su investigación encima de mi Asociación, sino que también se permite el lujo de llegar tarde! ¡Se lo advierto Debray, es la última que le aguanto!
Había quedado a las nueve. Y esa había sido la primera cita, tres cuartos de hora tarde. Rosetta se mantenía en un seguro segundo plano. Y de nada habían servido sus explicaciones para respaldar el retraso de Ricardo. Ella estaba a la hora acordada, totalmente fresca y despejada.
Ricardo todavía no se había despejado cuando entraron en la comisaría y el inspector Barroso, al verlos entrar, volvió a repetir:

- “¡Caso resuelto!” Ya se lo dije por la noche, el caso era de libro. Les voy a tomar declaración, pero será un simple trámite, porque el caso no tiene duda. Hemos investigado en fiestas cercanas y ¡Bingo! En la zona de copas, relativamente cerca del lugar donde la encontraron, se celebraba una fiesta de paso del ecuador de Medicina. Varios jóvenes la han identificado como su compañera. Había bebido demasiado y tomado un par de pastilla. Seguro que “Éxtasis” y algo más. Poco antes de las once dijo que no aguantaba más y que se iba a su casa. Les pareció bien y no le dieron más importancia. No era la primera vez, así que se fue sin que le prestaran mayor atención. Se marcharía andando para despejarse, pero debió de encontrarse mal en cierto momento. Las pastillas necesitan un tiempo para hacer efecto. Se paró a descansar, se apoyó en la farola y ahí se acabó todo. Estoy seguro de que el forense me dará la razón. En un principio creí que era más joven, pero en realidad tenía veintiún años y como ya he dicho, estudiaba medicina, tercer curso. Era una buena estudiante. Es curioso, muy curioso. En fin, eso es todo ¡Caso resuelto!

Ricardo seguía creyendo que “el convencimiento absoluto” del que disfrutaba el inspector, fallaba en algo. Era algo “insustancial” y también “absoluto”. En realidad fallaba en lo más básico y era que estaba equivocado, simplemente equivocado. Escandalosamente equivocado. Como yo con la edad de la chica. Cómo podía todo un inspector de policía, ante un extraño caso de muerte con atenuantes tan claras de causas de muerte “tan” extrañas, cómo podía decir que no había pasado nada y que estaba todo totalmente claro, y el caso prácticamente resuelto. Con lo poco que Ricardo había podido ver, debería estar ya en marcha una investigación oficial con un gran equipo de policía ejecutándola. Pero no, ahí estaba ese inútil, o vago, o simplemente desbordado policía haciendo precipitados juicios absolutistas, gratuitamente. También es cierto que desde que habían llegado a la comisaría, el trasiego de personajes de todo tipo, abarrotaban las instalaciones de una forma alarmante. ¿Era siempre así? ¿Estaba ocurriendo algo extraordinario? Aquello no parecía normal. Y la verdad es que a Ricardo le “chocó” algo en la actitud del inspector y no sabía que era exactamente. Aquel hombre estaba excesivamente tranquilo en contraste con la excitación que reinaba a su alrededor. O demasiado tenso y no lo aparentaba. En la comisaría se notaba una tensión contenida en todos los policías, que se reflejaba en la actitud hacia los denunciantes y denunciados que abarrotaban las instalaciones. Cada vez que se veían obligados ha hacer callar, a pedir calma y paciencia a todo aquel “maremágnum” de personajes, lo hacían con una rabia contenida demasiado visible. Era un caótico alboroto, que nadie podría haber tomado como “una mañana normal” en aquel lugar. Hubo un momento, antes de prestar su declaración, en que Rosetta miró a los ojos de Ricardo como pidiéndole una explicación de por qué estaban allí. Él se encogió de hombros y con un gesto le rogó paciencia. Deseaba con todas sus fuerzas escaparse de aquel lugar y continuar con la investigación de la pasada noche. Estaba seguro de que en aquel bar se escondía un misterio digno de ser investigado a fondo. Y algo le decía que era muy importante. Quizá demasiado importante para él. Para ellos dos. Por lo de pronto algo en su quehacer diario había cambiado. Y ese algo era el creciente desinterés inconsciente por el caso de los protésicos. Así que, realmente, algo muy importante estaba ocurriendo.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

lunes, 17 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna X. Óleo de Dolores Parga



Dolores Parga. "Paisaje rural", óleo.



Sigo diciendo que los árboles de Mariló Parga encierran un misterio difícil de descubrir, pero apasionante. Dicen mucho más de lo que simplemente se ve.



La muchacha de la Casa Luna

X

La flor del colgante estaba compuesta por un centro redondo rodeado de cinco pétalos, realizados en piedra luna y engarzados en un armazón de plata. El mismo metal del que estaba hecha la cadena. En el reverso del colgante podía leerse:”9Set5Arül9”. A Ricardo le gustaban los criptogramas y los crucigramas, y todos los acertijos en general. Por algo se había hecho periodista de investigación. Pero aquello en un principio, lo desconcertó. ¿Un nombre? ¿Dos? ¿Una fecha, una clave? Qué significaba aquello. Desde aquel momento ya no dudó de que, tanto el zapato deportivo como el colgante pertenecían a la fallecida. ¿Su nombre era Set o Arül? ¿Sería árabe? Uno de los nombres indudablemente era egipcio. Set, el señor de la noche. El que mató a su hermano Osiris, esposo de Isis y lo cortó en catorce trozos. Pero también era el dios del Valor, el que alanceaba a los enemigos de Ra desde la barca del Sol. Arül no le sonaba, pero estaba seguro de que alguna relación tenía con el mundo árabe, egipcio o sirio. De alguna zona del Norte de África.

De repente se dio cuenta de lo tarde que era y que en unas horas tendría que reunirse con un montón de personas e ir a un ciento de sitios, además de acercarse con Rosetta a la comisaría. Por lo que decidió dejar todo en suspenso e irse a casa. Por la noche intentaría proseguir con la investigación. A fin de cuentas la policía tampoco se había dado mucha prisa. Se guardó el colgante en el bolsillo y se encaminó a su apartamento. Aún le quedaba bastante por andar. Justo en el momento en que comenzaba a marcharse, algo se desprendió del sucio ventanal en el interior de la taberna y fue a parar sobre el zapato deportivo. Un viejo cartel de aviso que no pudo soportar el paso del tiempo: “Peligro. Edificio en estado ruinoso. Riesgo de derrumbe. Por orden municipal, no acercarse”. Ricardo no lo había visto.

(F. Vila, “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna IX .Óleo de Dolores Parga


Dolores Parga. Playa de Santa Comba



Como había prometido, cambio de imagen para la misma narración. Una playa de mi fantástica tierra. Un cuadro de una pintora fantástica.


La muchacha de la Casa Luna

IX

El sonido de una lata de cerveza vacía al caer, tras tropezar con ella un huidizo gato vagabundo, negro, convertido en un fantasma por la tenue luz de las farolas, y que salió disparado del callejón lateral del bar “Luna”, sacó a Ricardo de su ensimismamiento. Mientras volvía a la realidad y el gato desaparecía atravesando la calle e introduciéndose por otro callejón más alejado, nuestro hombre caía en la cuenta de un curioso detalle. Mientras la policía investigaba el lugar donde ahora se encontraba Ricardo, unos pocos soñolientos vecinos de las casas colindantes, en pijama y bata, se habían acercado a curiosear. Que por cierto no eran muchos ya que un gran número de las casa de aquel barrio habían quedado vacías. Vacías gracias a los proyectos inmobiliarios que las autoridades municipales habían desarrollado para modernizar la zona, bastante abandonada y deteriorada, denunciaban los periódicos casi a diario. Era algo así como el huevo y la gallina. No se sabía si el proyecto era para solucionar el deterioro lógico del barrio, debido a su antigüedad, o si en realidad se había abandonado, lógicamente, durante mucho tiempo, para poder sacar una buena tajada inmobiliaria ¡Quién podría saberlo!

Las luces y las sirenas de la policía y la ambulancia habían despertado y atraído a aquellos intrigados vecinos que miraban, alternativamente, a la policía, al cuerpo inmóvil apoyado en la farola, cubierto con una manta plateada, esperando la llegada del juez, y a la pantalla de aquella farola, que presidía silenciosa la escena. En aquel momento no le había dado demasiada importancia, estaba más atento a las labores de los agentes del orden, a lo que hacían o dejaban de hacer. Y sobre todo estaba más atento a lo que podía estar pensando su compañera, que al fin y a la postre era el motor que tiraba de la desgana que, últimamente, embargaba a Debray. Así que ahora intentaba ver, con aquella pequeña pero potente linterna, qué había en aquella farola que tanta atención ejercía sobre los curiosos.

La parte superior de la farola, la que albergaba a una lámpara, ahora “ausente”, estaba compuesta por cuatro pantallas de cristal. De las que tres hacía ya mucho tiempo que habían desaparecido. Y en la que, a duras penas, permanecía en su lugar se podía observar que algo plateado, como una cinta del pelo, atravesaba el cristal por dos agujeros del tamaño de una moneda de dos euros. Entraba por uno y salía por el otro, colgando unos quince centímetros por cada uno de ellos. Era realmente curioso. ¿Qué hacía allí aquella cinta? ¿Quién se habría molestado en introducirla por los dos agujeros tan limpiamente? Y sobre todo ¿quién había hecho aquellos dos agujeros tan perfectos en aquel lugar tan absurdo? Necesitaba una escalera. Tenía que volver por la mañana. Mejor dicho, volver por la mañana después de cumplir con todos los compromisos ineludibles, que tenía en su agenda. Ahora tendría que conformarse con lo que acababa de descubrir, el colgante.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

jueves, 6 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna VIII





Susi Babío. "Torero"
A Coruña, 2008





Otro jueves más. La próxima semana acompañaré la narración con una galería de obras de diferentes artistas. Un saludo a todos los que me visitan.




La muchacha de la Casa Luna

VIII

Atraído por la curiosidad miró a través del cristal de la puerta con ayuda de su “varita mágica” y de repente se dio cuenta que justo delante de la barra del bar y cerca de la puerta, en el suelo, había un zapato deportivo, de mujer. Un Nike llamativamente nuevo, limpio y moderno para estar allí desde que el bar hubiese servido la última copa y como era evidente, cerrado sus puertas. Aquello no encajaba con la decoración y además sospechaba a quién pertenecía aquel deportivo. Sin embargo, sin saber por qué, siguió inspeccionando la acera. Algo le decía que aquel lugar no podía estar tan “limpio” de pruebas. Tenía que haber algo que le aportase pistas sobre la identidad de la victima y los motivos que llevaron a la muchacha de la “Casa Luna” a morir allí. De repente un reflejo desde el fondo de una alcantarilla, junto a la entrada del local, le llamó la atención. Se agachó al mismo tiempo que apoyaba la rodilla derecha en el suelo para poder levantar la reja del sumidero y… ¡Maldita sea! ¡Me cago en la…! Las dos frases quedaron, inmediatamente, ahogadas en un silencio prudencial. Lo único que necesitaba ahora era que apareciese alguien a mirar lo que pasaba. Pero el enfado de Ricardo se justificaba por la mancha de orines que decoraba la rodilla derecha de su elegante Emídio Tucci gris claro, de verano, del Corte Inglés. No se había podido resistir a la publicidad. Los grandes murales lo anunciaban por todas partes. Y la verdad era que a Andy García le quedaban como un guante. Como a George Clooney le había pasado la temporada anterior. Así que Ricardo se decidió. Se compró uno gris claro, de verano. Y hasta aquella noche se sentía cómodo y elegante. Pero sólo hasta aquella noche. ¡Joder! Y aún me falta por pagar el último plazo. Pero el espíritu investigador era más fuerte que todos los plazos, pantalones y trajes que tuviese que destrozar para llegar al fondo del caso. Sin pensárselo dos veces y además: << ¡… ya de manchados, perdidos para siempre!>> Metió la mano en la alcantarilla y tras separar varias hojas de los árboles de la calle, sospechosamente húmedas y blandas; dos paquetes de Ducados de caja blanda, sucios y descoloridos; y varias chapas de Mahon, dobladas, oxidadas y cubiertas de moho, pudo rescatar lo que relucía con tanta insistencia. Un colgante en forma de flor de cinco pétalos sujeto a una cadena plateada. Una vez rescatado, lo intentó limpiar con lo único que tenia, una servilleta de papel que había utilizado para apuntar el número del móvil de un supuesto confidente del caso que estaba llevando con Rosetta. ¡Rosetta! Ya estaría durmiendo. Seguro que soñando con la investigación de las famosas “ruedas”. Podrían haber estado tomando algo y quizás disfrutar de “algo más” si no hubiese ocurrido todo lo de aquella noche, pensó Ricardo.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)



martes, 4 de noviembre de 2008

Dolores Parga




Dolores Parga. "Paisaxe de Doniños", óleo.

















Dolores Parga. "Paisaje desde Neda", óleo.








Qué puedo decir de Mariló Parga, yo que no soy pintor sino poeta. Cuando recibí los cuadros que me ha enviado para disponer de ellos en mi blog, me pasé un tiempo observándolos, contemplándolos uno a uno. Disfrutando cada trazo en su pintura esencial e ingenua. Disfruté de su trazo difuso, tenue, de pinceladas arriesgadas de sueños y ensueños. Y de repente lo vi, "Paisaje desde Neda" y me acerqué a aquellos árboles de ramas desnudas. En ellos vi la fuerza del otoño en sus ramas primigenias y revueltas. Vi esos árboles desde "muy cerca" y descubrí que, abrazados a las nubes, construían verso a verso una idea, una ilusión, un sueño. Y supe que Mariló es una pintora que no pinta, sueña y sus pinceles se deslizan sobre el lienzo con todo el amor y la maestría del artista que pinta porque disfruta, porque quiere y porque puede. Y la seguí descubriendo en el "Paisaxe de Doniños". Y en muchos más que iré exponiendo en próximos días. (F. Vila. A Coruña, noviembre 2008)

jueves, 30 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna VII




Susi Babío. "Africa"
A Coruña, 2007




A partir de la próxima semana cambiaremos, temporalmente, la escultura por la pintura. Espero que todo os esté gustando.



La muchacha de la Casa Luna

VII

Cuando llegó al lugar de los hechos, junto a la farola, se dio cuenta de la oscuridad que reinaba en la zona. Antes no lo había advertido porque estaba absorto en la muchacha, pero ahora se daba cuenta de que no veía nada. Al momento recordó que Jacinto, el ordenanza de la redacción, le había regalado una pequeña linterna. Un regalo de esos que vienen acompañando a ciertas revistas.

- Me la mandan todos los meses. Me suscribí hace dos años a una revista dedicada al senderismo y a las aventuras, y de vez en cuando regalan algo – le dijo Jacinto entusiasmado con sus aficiones -. Yo ya tengo otra linterna, pero más grande. Regalo de otro número. Y además se puede utilizar como lámpara para las noches en la tienda de campaña. Esta pequeña quizá le sirva a Vd. en alguna de sus investigaciones.

Y tanto que le iba a servir. Ese Jacinto era un poco simplón, pero buena persona. Y eso era lo que lo hacía caer bien a todo el mundo. En cuanto pudiese le agradecería el regalo, comprándole algo relacionado con el senderismo. No sabía qué, pero algo. Ya lo pensaría, se dijo Ricardo convencido.

Recordó que había guardado la linterna en el “attaché”, sin prestarle demasiada atención. Lo abrió y después de revolver algunos papeles lo encontró todavía con el plástico transparente del expositor cubriéndolo. Sin mucha confianza lo desempaquetó, le colocó la pila y la encendió. Sorprendentemente, al iluminarse pudo comprobar que aquella miniatura iba a ser efectiva. Muy efectiva. Enfocó el haz de luz hacia las instrucciones de plástico que habían recubierto la pequeña linterna y leyó: “Lámpara de xenón, el doble de efecto lumínico”. Vaya, por una vez la publicidad de un producto “casi” se queda corta. A continuación iluminó la acera, comprobando palmo a palmo los alrededores del lugar donde habían encontrado a la misteriosa muchacha.

Llevaba aproximadamente tres cuartos de hora inspeccionando la zona y lo único que encontraba, en abundancia, era basura y más basura en todas las esquinas. Además de abundante cantidad de detritus canino por aquí y por allá. Pero de algo que le ayudara a descubrir el misterio de lo ocurrido, nada de nada. De repente se dio cuenta de que desde que habían encontrado a la joven, e incluso ahora, nunca se había fijado en los edificios, ni en los locales que había alrededor. Ahora había reparado en que justo detrás de la farola ciega se situaba una antigua taberna con los cristales del amplio ventanal y de la puerta, totalmente sucios. Llenos de viejos carteles pegados y semiarrancados, reflejaban el abandono del local desde hacía mucho tiempo. Alzó la luz, y sobre la puerta, un viejo cartel de plástico con el alma de sucias lámparas de neón al aire, intentaba mantenerse sujeto. En aquel difícil equilibrio se podía descubrir, con letras borrosas, el nombre del local: “CASA LUNA”. Luna llena pensó Ricardo, al observar la oscuridad que reinaba a su alrededor.

(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña, noviembre 2005)

jueves, 23 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna VI



Susi Babío. Busto de muchacha.
A Coruña, 2005




Todo el que quiera comentar algo del relato semanal, o de cualquier entrada, sólo tiene que pulsar al final en "comentarios" y ahí quedará reflejado su punto de vista. Hasta ahora nadie comenta nada, silencio. ¿Será que gusta? ¡O no!
¡Hasta la próxima semana!





La muchacha de la Casa Luna


VI

Habían llegado al portal del edificio de apartamentos donde Rosetta tenía su estudio. Era un pisito bastante coqueto y fácil de decorar, gracias a los cuarenta metros cuadrados “hábiles”, como diría un constructor. A pesar de ello para Rosetta era el Palacio de Versalles y lo trataba como tal. Al llegar a la puerta del edificio, en un alarde de amabilidad y compañerismo, Rosetta mirando a los ojos de su compañero, le dijo:

- Ricardo, me gustaría invitarte a subir. A estas horas, después de trabajar todo el día y ahora lo de esa chica, quizá te apeteciese tomar algo sólido, o por lo menos beber algo. Pero la verdad es que estoy agotada y lo único que deseo es dormir lo que queda de noche para estar despejada por la mañana ¿No te importa, verdad? Otro día tomamos algo y charlamos – lo dijo todo seguido sin posibilidad de réplica -. ¡Buenas noches Ricardo! Nos vemos a las nueve en la redacción.

Y cerró la puerta del portal tras de sí. Ricardo no dijo nada, no habría podido. Sólo asintió con la mano. En otras circunstancias se habría sentido despechado, como mínimo defraudado, pero ahora casi lo estaba deseando. Necesitaba volver a la calle donde habían encontrado a la muchacha. Junto a la farola. Tenía que investigar por su cuenta. Si la policía no lo hacía, él sí lo haría. Y allí, en aquel lugar tenía que haber algo que le descubriese pistas para resolver aquel caso “típico”, como había dicho el inspector. Pero quizás, no tan “típico” como él creía.

Apuró todo lo que pudo para deshacer lo andado, por si alguien pasaba por allí y veía o cogía algo que pudiese alterar la investigación, “su investigación”.

(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña 2005)

viernes, 17 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna V




Susi Babío. Muchacha en postura de yoga.
A Coruña, 2007





A la orilla de un lago recordé qué día era hoy y me apresuré a continuar la novela. ¿Habré hecho bien?





La muchacha de la Casa Luna


V

Después de hacer la inspección rutinaria, el oficial encargado del caso, el inspector Barroso, un hombrecillo rechoncho, casi calvo, con cara de bonachón, ya entrado en años, y bastantes años, pues le quedaba “el estornudo de un murciélago” para jubilarse, según le contestaba a todos aquellos que al verlo en comisaría le decían: ¡¿Pero hombre, Barroso, todavía estás en activo?! El inspector se había acercado hasta donde esperaban Ricardo y Rosetta. Después de presentarse cordialmente, sentenció totalmente convencido:

- ¡Caso resuelto! La chica después de una juerga nocturna, que descubriremos enseguida dónde tuvo lugar, y tras consumir ¡Sabe Dios! cuántas porquerías, intentó volver a casa. Y antes de reventar, hizo un alto en el camino para descansar un poco apoyada en la columna. La vencieron el cansancio y los estupefacientes, y se quedó dormida para no volverse a despertar. No se observan signos de violencia y la postura lo dice todo. Lo dicho. “Típico” ¡Caso resuelto! – volvió a decir convencido -. Y ustedes dos, hagan el favor de pasar por comisaría para prestar declaración. No hace falta que se apuren mucho. Por la mañana, a cualquier hora, cuando puedan. Así que nada más ¡Buenas noches! y ¡Hasta mañana!

Y sin decir nada más, dio media vuelta se metió en su coche patrulla y desapareció por la primera transversal a la derecha en pos de la ambulancia que circulaba rápida, pero en silencio. Nadie se podría haber imaginado que en aquel cortejo casi silencioso, viajaba una preciosa joven rubia llena de vida poco antes y ahora inocentemente fría, dentro de una bolsa de plástico negra cerrada con una larga cremallera. Todo había sido muy rápido y muy limpio. Sólo habían tardado apenas dos horas, y eso porque les costó encontrar al juez de guardia para el levantamiento del cadáver. Sin embargo, Ricardo estaba convencido de que para lo que habían hecho, con media hora les hubiese sobrado tiempo. Porque en realidad desde su perspectiva de periodista de investigación, a lo que había hecho la policía en este caso no se le podía catalogar ni de chapuza. Simplemente no habían hecho nada. Llegaron, vieron a la muchacha, se fumaron un Whinston, el inspector apuntó en su “cuaderno importante de notas” los recados de la mañana siguiente: “… a las 13:00, recoger a los nietos en el cole”. “… a las 17:00, llevar a mi suegra al Ave, para que no se pierda”. Etc., etc. Esperar al juez y ¡Adiós! Lo dicho, media hora. Ricardo estaba indignado. Todo lo contrario le pasaba a Rosetta que después de todo lo ocurrido, inmediatamente continuó pensando y organizando la investigación del caso que tenían entre manos.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)

viernes, 10 de octubre de 2008

L muchacha de la Casa Luna IV




Susi Babío. "A lo lejos"
A Coruña 2006








La novela continúa, el que quiera dejar un comentario ya sabe, al final a la derecha. Y la próxima semana más.



La muchacha de la Casa Luna

IV

Al cogerle el brazo sintió un repentino escalofrío y supo de inmediato que ya nunca lograría despertarla. Estaba muerta. Encendió el mechero y pudo observar un hilillo de sangre ya coagulado que surgía de la comisura de su boca, por el lado en que se apoyaba a la farola. Era una muchacha muy joven, no tendría más de diecisiete años. Era muy bonita y seguro que en el colegio debía de haber tenido mucho éxito entre el gremio masculino. Daba la impresión de que dormía plácidamente. Ricardo le pidió a Rosetta que utilizara el móvil, para llamar a la policía.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)

jueves, 2 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna III


Susi Babío. Venus sin brazos






Continúo con la novela, espero que guste.




La muchacha de la Casa Luna

III


Enfrascados en sus profundas deliberaciones detectivescas, sin darse apenas cuenta, se dirigían sin rumbo fijo por una calle desconocida del barrio viejo de la ciudad. A aquellas horas, si de día había poca circulación, ahora daba la impresión de que en cualquier momento se iba a oír una voz advirtiendo: ¡¡Agua va!! Y volver al siglo dieciocho.

De repente Ricardo sintió que Rosetta le apretaba el brazo derecho para advertirle de algo. Con un gesto de cabeza le indicó que mirase hacia el otro lado de la calle. Y allí frente a ellos, sentada en el bordillo de la acera, apoyada contra una farola apagada, no por falta de corriente, sino por falta de cristal y bombilla, pudo observar en la penumbra, a una muchacha aparentemente joven y aparentemente dormida. Con cierta curiosidad, que para eso eran periodistas, y con ánimo de ayudarla si lo necesitaba, fueron hacia ella. Así como se acercaban y a pesar de la poca luz, algo les llamó la atención. La postura en la que se encontraba aquella joven, lejos de parecer incómoda para el lugar en el que se hallaba, por su gesto tranquilo y sereno aparentaba estar sumida en un dulce y placentero sueño. Era rubia, de pelo corto, no muy delgada, tenía las piernas dobladas y se abrazaba a ellas. En una postura fetal, que diría un médico forense. Estaba apoyada sobre el lado izquierdo, con la cabeza recostada en una de las ondulaciones de la farola. Vestía un suéter corto, que al estar en aquella postura, dejaba al descubierto gran parte de su cintura y su espalda, al igual que sus piernas tapadas sólo por una escueta minifalda. Estaba descalza, y no se veían zapatos por ninguna parte. Tampoco se veía ningún bolso. Al llegar junto a ella Ricardo se agachó para tocarle el brazo y despertarla, para ver si necesitaba ayuda…


(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)

jueves, 25 de septiembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna (II)





Susi Babío
Muchacha a la orilla del río. A Coruña 2008.
Galería Xerión, playa de Riazor. A Coruña









Como había prometido, continúo con "La muchacha de la Casa Luna", espero que alguien me diga si le gusta. Por mi parte, la próxima semana continuaré con la tercera parte.







La muchacha de la Casa Luna



II


Era curioso pero durante todo el rato que su jefe le estuvo hablando no se le había borrado aquella sonrisa que le asomaba por la comisura de la boca. A Ricardo aquello no le gustaba nada, y el mar de incertidumbre iba generando olas cada vez más grandes que amenazaban con engullirlo.

Al cabo de un rato volvió Leonardo.

- ¡Aquí estamos! Ricardo, te presento a tu ayudante a partir de ahora mismo – dijo con una amplia sonrisa de satisfacción -. Mi hija Rosetta.

Y de repente apareció en la puerta del despacho, la muchacha más bonita que Ricardo jamás había visto.

Era una joven de unos veinticinco años, morena, con el pelo corto peinado a lo “garçón”. Debía ser casi como él de alta, quizás con una diferencia de tres o cuatro centímetros aproximadamente. Ricardo medía, en situación normal, uno ochenta y dos. Aunque en aquel momento no se atrevería a medirse. Así que Rosetta rondaría el metro setenta y ocho, más o menos. Con los ojos verdes más bonitos e impactantes que jamás hubiese imaginado. Le recordaron al color del fondo del mar de esos documentales de arrecifes de islas paradisíacas, llenos de corales y peces de miles de colores sobre el verde del lecho marino. Su figura…, ni se atrevía a fijarse en ella, porque lo que nunca le había pasado, le acababa de ocurrir. La temperatura de su cuerpo le había aumentado tanto que como cualquier “pipiolo” de quince años se había puesto colorado hasta las orejas. Lo que le produjo un incómodo círculo vicioso circunstancial. Ella le había hecho sudar, el sudar le hacía sonrojar y el sonrojo le hacía sudar, y el sudar… Monegros se dio cuenta de la situación y como jefe y sobre todo padre, quiso dejar todo aclarado y bien aclarado.

- Ricardo, mi hija Rosetta acaba de terminar la tesis de fin de carrera “cum laude”. Va a ser una gran periodista. Te lo aseguro como padre, y sobre todo como profesional con tres lustros de labor periodística a mis espaldas. Así que a partir de ahora mismo seréis uña y carne, profesionalmente hablando ¡He dicho profesionalmente! ¡¿Queda claro?!

De repente se le había borrado aquella sonrisa burlona, pero habían aparecido unas inquietantes arrugas en su actual ceño fruncido.

- ¡Ricardo! ¿Me quieres contestar?

- ¡Eh! ¡Oh, sí! ¡Claro, como no! ¡Tú mandas! Y yo tengo que terminar mi articulo y nada más ¡Ok, jefe!

- ¡Estupendo! – dijo Leonardo respirando profundamente -. No sabes lo que me alegro de me hayas entendido. Rosetta, hija, te presento a un gran periodista de investigación que en este momento se halla perdido en una encrucijada muy complicada y peligrosa. Necesito que empecéis a trabajar inmediatamente.

Desde aquel día no se habían separado. Pero su relación, muy a su pesar, no dejaba de ser meramente profesional. Rosetta, como la había presentado su padre, a pesar de su juventud, era una mujer muy ambiciosa. Sabía lo que quería y no paraba mientras no lo conseguía. Gracias a ella, a su intuición y “mi experiencia”, como solía decir Ricardo, habían logrado salir de aquel embrollo que era el caso de los “Protésicos dentales”. Seis meses después y por culpa de su cabezonería, Monegros les había adjudicado este caso que la primera vez que Ricardo lo había oído, creyó que les estaba tomando el pelo. Ruedas para cochecitos de bebés, con cubiertas de un caucho transgénico de última generación. Gracias al cual los bebés no necesitaban empezar a andar para matarse, pues se desgastaban a tal velocidad que en algunas ciudades con cuestas en las calles, ya se habían dado varios casos de accidentes al dejar las madres a sus bebés “aparcados” con el freno puesto y este no ser efectivo por la falta de rugosidad en las ruedas. ¡Absurdo! ¿Verdad? Pues era cierto. Es más, uno de los niños había fallecido. El cochecito, incontrolado, fue a parar al medio de la calle, encontrándose de frente con una furgoneta de venta de helados con demasiada prisa por llegar a su lugar en el paseo de la playa.

Y en medio de ese fregado se encontraban ellos dos. Ricardo más perdido que un calamar en pleno desierto, y su ayudante como un perro sabueso olfateando debajo de todas las piedras. Y a todas horas. Por eso les habían dado casi las doce de la noche en la redacción, hasta que los surtidores cortafuegos del techo comenzaron a funcionar por el humo que ya salía de sus cabezas.

Ricardo necesitaba urgentemente unas vacaciones. Necesitaba urgentemente rematar esta investigación. Y sobre todo no sabía como decirle a Rosetta si aceptaba acompañarlo a recorrer el mundo durante todo un año sabático. Ese que otros periodistas utilizan para escribir un libro. Pues al diablo con el libro. Él sólo quería escribir su historia, día a día sin preocupaciones, con Rosetta.


(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna" novela. A Coruña, Noviembre de 2005)


jueves, 18 de septiembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna



Susi Babio. Desnudo , A Coruña 2008







Tenía la esperanza de que La Sala de Exposiciones tuviese algo de éxito, pero por lo que he podido comprobar, y ha sido desde Mayo, como escribí en esa última entrada, ¡Aquí paz y después gloria! Nadie se ha decidido a participar, pues no hay problema, tengo demasiados amigos artistas que, ellos sí, me han mandado sus obras para que yo las vaya exponiendo y acompañen a "mis pequeños atrevimientos literarios". Y además, de esta forma, pongo en práctica otro de mis "aventureros proyectos", cambiar temporalmente, sólo temporalmente, la poesía por la narrativa en prosa. Así que a partir de hoy y semanalmente, voy a intentarlo, iré "troceando" una novela de intriga que hace tiempo empecé a escribir. Con ello conseguiré dos cosas: una, ver si gusta. Y dos, terminarla de una vez. Será una especie de experimento. Veremos qué pasa.





La muchacha de la Casa Luna


I

En el reloj de la torre del Ayuntamiento acababan de dar las doce. Era curioso, pues por la mañana las campanadas eran precedidas por una música agradable, que no pasaba absolutamente nada desapercibida. Ni más ni menos que el tema “La Sinfonía del Nuevo Mundo” de A. Dvorak. Pero ahora en el silencio de la noche, las campanadas sonaban solitarias y un tanto lánguidas. Y si no fuese por el agradable calor de principios de verano, habrían sonado excesivamente lúgubres y frías.

Comenzaba el verano, pero se notaba que aún no habían empezado las vacaciones, porque a pesar del tiempo y de la hora, las calles permanecían llamativamente vacías en una ciudad de tamaño medio, como diría cualquier “urbanitas” que se preciase. Y en medio de aquel vacío, ellos dos. Caminaban despacio, venían de trabajar. La investigación de un caso de fraude en las ruedas para cochecitos de bebés, les había hecho trabajar más de la cuenta. La investigación de la fiabilidad de las fuentes de sus informantes les ayudaría a utilizar, sin consecuencias para el periódico, todos los datos aportados a su trabajo. Y de este modo conseguir desenmascarar a parte de un gremio actualmente en alza y que siempre alardeó de altruismo en todos sus servicios a la sociedad.

Ricardo, periodista. Experto en periodismo de investigación. Treinta y tres años. Licenciado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Soltero, sin compromiso, mejor dicho, totalmente comprometido con su profesión. Ella, Rosetta, becaria. Su ayudante y compañera “circunstancial” en las tareas de investigación. La había conocido, quizá debería decir mejor “descubierto”, seis meses antes cuando pretendía concluir una investigación sobre el fraude “DE LAS RUEDAS PARA COCHECITOS DE BEBÉS”.

Leonardo Monegros era un hombre de mediana estatura, rechoncho, con un rostro jovial, la mayor parte de las veces. Excepto ahora que Ricardo lo tenía delante y le estaba advirtiendo que los plazos para rematar el trabajo y poder editar y publicar la investigación se estaban agotando. Debo aclarar que Monegros era su redactor jefe y estaba suficientemente enfadado. A Ricardo le quedaba una semana para conseguir una de las dos cosas que marcarían su futuro. Una de ellas era acabar el trabajo, publicarlo y que las autoridades correspondientes actuasen como se esperaba y así poder conseguir el mérito y reconocimiento que le correspondía como uno de los grandes periodistas de investigación del país. O por el contrario que el artículo acabase con él, sin lograr rematarlo. Y encontrarse “de patitas en la calle” por inútil y fracasado. Con el consiguiente rechazo por parte del gremio de la prensa. Suponiendo el fin de su carrera.

De repente Leonardo, en un último intento por salvarle del fracaso, cosa que en aquel momento aún no entendía, le dijo con una enigmática sonrisa burlona:

- Ricardo, ya sé que te gusta trabajar solo. Es más estoy de acuerdo contigo. Por lo general trabajas mejor solo, por tu cuenta y riesgo. Pero ahora tenemos un problema y eso nos afecta a los dos. Yo tengo una gran responsabilidad en el periódico y no puedo, ni deseo arriesgarme. Así que me veo obligado a tomar una decisión muy importante de cara a nuestra colaboración profesional.

En ese momento el mundo se le vino encima. Ya se veía en la calle buscando una oportunidad lejos de la ciudad. Quizás en alguna provincia lejana, en una población medio olvidada y en un periodicucho donde su nombre no sonase mucho y pudiese pasar desapercibido en la sección de necrológicas, por ejemplo. O en una esquina, con la mano extendida, esperando una caridad que le permitiese seguir viviendo. En medio de estos catastróficos pensamientos oyó la voz de Leonardo, que sonriendo le decía:

- Tranquilo hijo, tengo la solución. Espera un momento vuelvo enseguida ¿Quieres tomar algo? ¿Un café? Enseguida mando que te lo traigan.

Y salió de su despacho dejándolo en un mar de dudas e incertidumbres.


(Francisco Vila "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña, Noviembre 2005)


lunes, 12 de mayo de 2008

Exponiendo arte.

A partir de los próximos días continuarán apareciendo en este blog, una serie de obras de arte, tanto de pintura, como de escultura, como de fotografía, si alguien se anima, acompañadas siempre por un pie poético de unos pocos versos o de no tan pocos, así como le parezca al autor. Y un breve comentario, que no será nunca de crítica artística, puesto que no es mi intención, ni lo haré en ese sentido. Simplemente será un apoyo a la exposición de obras, que es un idea que se me ocurrió hace tiempo y que a partir de este momento pongo en practica. Pretendo que este blog sea una Sala de Exposiciones de pintura, escultura y fotografía, como tres formas de expresión del Arte unidas y cohesionadas por una cuarta que es la poesía, que en este caso y en un principio la aporto yo, únicamente. Los artistas que irán aportando obras son amigos míos, pero todo aquel que esté interesado en aparecer en esta Sala de Exposiciones puede hacerlo simplemente enviándome un E-mail a mi correo (eduar.vila@gmail.com) explicándome qué es lo que le interesaría exponer (sin coste alguno). Debo avisar y advertir, que si la idea funciona, se mantendrá y si no funciona seguiré como hasta ahora. Y ¡Aquí paz y después gloria! Y todos tan amigos. Un saludo.

martes, 22 de abril de 2008

Cuando algo se muere...

Dicen que cuando algo se muere, algo se acaba. Se produce un vacío. Lo que estaba deja de estar, desaparece , se origina un hueco, la nada. Creo que no es así. Cuando algo se muere, algo se modifica, cambia, se transforma, se rellena inmediatamente el espacio vacío, quizás porque nunca estuvo vacío. Hace unos días, el 11 de abril para ser más exactos, ha fallecido mi madre. Nada se ha acabado, aquí seguimos estando sus hijos, sus nietos, y todos formamos parte de ella. Nada se ha acabado. No se produce un vacío, nosotros lo llenamos, y con creces. Nada deja de estar. Siempre estará con nosotros y en nosotros. Nunca será nada, porque para algo somos nosotros. Simplemente se ha transformado. Como la oruga que se transforma en crisálida y después en mariposa. Simple y llanamente se ha metamorfoseado en todos nosotros, en todos los que de ella venimos.


En silencio



En silencio
con sólo el murmullo del viento
estuve contigo en silencio
Con la vista puesta en el azul del cielo
me mirabas en silencio
Con una lágrima camino del mar inmenso
lloramos en silencio
Quise decirte ¡Adiós! y me fui
me fui en silencio
sin decirte ¡Hoy no puedo!
¡Volveré otra vez!
a estar contigo otra vez
y otra vez y siempre
Nunca me fui Mamá, nunca,
ni me quise ir
Y cuando te hayas ido
estaré contigo siempre
y para siempre
en mi silencio.

Francisco Vila

["En silencio" (Tempus fugit) A Coruña, Abril 2008]

martes, 1 de abril de 2008


Qué más decir, simplemente otro día.


Aquí estaré cuando vuelvan


Dónde están las verdades del tiempo
dónde los augurios del viento
a dónde van las imágenes
los sonidos y los sentimientos.
De repente lo que fue, lo más grande
lo más cierto
se convierte, lo convierte la memoria
en lo más incierto.
Un mundo de brumas lo envuelve todo
lo aísla, lo borra
lo pienso y miento.
Me miento a mi mismo
le miento al tiempo
a los días de invierno
a los murmullos
y al cielo.
A los besos escondidos
a la vergüenza, al descaro
y al amor ciego.
Dónde están las verdades
las mentiras
los gritos y el silencio.
Dónde están los sueños
convertidos en pesadillas
de locuras y de miedos.
Dónde está la luz
la oscuridad y el cielo
dónde las estrellas
a dónde fueron
los amigos, los cigarrillos
la música
y los exámenes de Febrero.
Dónde están las excursiones
la misa del domingo
los viajes a la playa en el autobús
sobre el techo
y la vuelta en el tren
con la toalla, el bañador
y los restos del almuerzo.
Dónde están los recuerdos
a dónde han ido
se escaparon
simplemente huyeron
como el temple, el orgullo
la resistencia y el denuedo.
La sonrisa ha perdido el sentido
y los abrazos y los besos
olvidaron el cariño, las caricias
y el desvelo.
A la espera del retorno
de los días y los sueños
me duermo en un rincón
del salón de los desprecios
olvidado del destino, de la playa
y de los juegos.
Aquí estaré cuando vuelvan
me reclamen y me aleje
cabalgando en las alas de Pegaso
hacia el universo mágico de la Hipocrene.

Francisco Vila (“Estación de tránsito”. A Coruña, Diciembre 2005)

jueves, 13 de marzo de 2008

Un día

Hay días en los que el humor, la imaginación, la creatividad y todo lo positivo brilla por su ausencia. Hay días en los que sientes como si una mano invisible te oprimiese el pecho y una profunda ansiedad invadiese hasta el último rincón de tu cuerpo. Unos le llaman depresión; otros, mini depresión; otros, la edad; otros, el tiempo. Unos lo superan con voluntad y tiempo; otros lo consiguen, con tiempo y paciencia; otros le echan paciencia y pasan de todo. Hoy es un día de esos y lo peor de todo es que la voluntad, el tiempo y la paciencia también empiezan a brillar por su ausencia. Esperemos que mañana sea otro día, distinto, a ser posible. Y, finalmente, me decida a pasar de todo.

Recogeré en mis manos
todos los mares del mundo.

Rodearé con mis brazos

todas las estrellas del universo.

Besaré con mis labios

todo el amor infinito.

Y sin embargo

no lograré ser felíz...


Francisco Vila ("Ebernach". A Coruña 2002)

martes, 4 de marzo de 2008

Francisco Vila. Osado es el que lo intenta



F. Vila "Siempre" 1.984
Óleo (32x24)




Osado es el que lo intenta. Y si no lo intenta, la osadía se convierte en ignorancia. Y el ignorante desconoce su valía y se convierte en osado al despreciar la ocasión de salir de su ignorancia.

Quiero ver el fin, mar
y no puedo.

Francisco Vila ( De "Mar de misterios". A Coruña, Julio 2005)

jueves, 28 de febrero de 2008

¿Habrá mares en el infinito?






¿Habrá mares en el infinito? Mares de estrellas, mares de sombras. ¿Habrá ríos? Ríos de luz o ríos obscuros. Tal vez haya lagos, lagos en la nada.

Huiré...

Huiré hacia el infinito

arrastrando al cielo y las estrellas

y al llegar al borde del abismo,

cuando el fin se quede sin finito

la luz de las estrellas marcará mis pasos

convirtiendo en nubes mis huellas en el cielo.

Allí estaré yo
soportando los recuerdos en la nada.
Allí estaré yo, solo,

inundando de risas y sonrisas el misterio
de los limites del espacio, de la luz,

de las sombras

y de el beso.

Francisco Vila ("Huiré...". A Coruña, Febrero 2008)

miércoles, 20 de febrero de 2008

A un Lago










Lago Teixeira (Lugo)





Lago de mis días...


Lago de mansas aguas.
Aguas de mansos ríos.

Ríos que al lago preñan
de aguas

de aguas mansas y tranquilas.


Lago con islas pequeñas.
Islas de tierras bajas.

Tierras de costas suaves

donde las hierbas se bañan.


Lago de mansas aguas
lago de islas pequeñas

donde el olvido se pierde

y el recuerdo amable se refleja.


Lago de mis días tranquilos
de mis prisas y mi calma.

Lago a donde siempre acudo

a calmar mi sed

a aliviar mis ansias.


Hoy estoy aquí, Lago, junto a ti
frente al espejo de nubes
donde el sol descansa
¿Bañaran tus cálidas aguas
mis frías manos,
otra vez,
quizás, mañana?


(Francisco Vila. "Lago de mis días..." A Coruña, Febrero 2008)

jueves, 7 de febrero de 2008

Susi Babío. "El dulce sueño del barro cocido II"













Susi Babío "SUEÑO DEL SUR" (Galería XERIÓN. A Coruña)
Refractario de grano grueso.
Cocción en atm. oxidante a 1.200ºC
(400x300x200 mm)





A veces, de una obra de arte hay poco que decir o se debe decir poco.
Simplemente hay que mirarla, contemplarla, disfrutarla...




...
Señora mía, el dolor duele
mis pisadas se pierden en el viento

la tormenta ahuyenta mis quejidos
oigo el susurro de la luz desde las velas

queriendo alcanzar las últimas estrellas

que se apagan y se olvidan en mis sueños

y en tus sueños.

Señora mía, mi dama imposible

mi espejismo, mi quimera

mi unicornio, mi sirena.

Señora mía

¿Dónde estás? ¿A dónde has ido?

Por las escarpadas laderas del destino te busco

y sólo el afilado rumor de los riscos me contesta.

Mi dama duende

¿A dónde va el sol que por el horizonte muere?

¿Será tal vez

que simplemente

como nuestro amor

duerme?



Francisco Vila (Del poema "Señora mía". A Coruña, marzo 2006)


miércoles, 6 de febrero de 2008

A una Hada Celta










Corín Diego
"Hada celta" Óleo sobre lienzo (100x81)










<< En lo más profundo e inexpugnable del bosque
donde la lluvia es la reina,

en el estanque secreto
donde las hadas y duendes ausentes

se reunían a contar historias y cuentos,

refresca sus pies descalzos Diandra

el Hada de las Fuentes Celtas...>>



Francisco Vila (Del poema "Diandra, el Hada de las Fuentes Celtas". A Coruña, Enero 2008)

jueves, 31 de enero de 2008

Poco o nada




Hay momentos en los que te gustaría decir mucho y lo único que se te ocurre es poco, realmente poco. Hay momentos en los que necesitarías expresarte abiertamente y lo único que puedes hacer es cerrar los ojos. Hay momentos en los que la mente y la pluma , el deseo y el sentimiento se dan la espalda. Hay momentos en los que quieres y no puedes, en los que deberías callar y sin embargo gritas al viento. Ahora es uno de esos momentos y yo necesito, deseo, puedo y tengo algo que ofrecer. Ahora es uno de esos momentos en los que debo y quiero decir algo en dos palabras. Mucho mejor, lo diré en dos versos. A quién disfrute con mis versos, a quien disfrute con con mis deseos, a quien disfrute con mis sueños, sólo dos versos para saber lo que yo siento.



"Pechemos o ceo
e fagamos un valado para as estrelas"


Francisco Vila ( A Coruña, Julio de 2007)

martes, 22 de enero de 2008

Mi Mar















El año pasado asistí a una cena, cena anual instituida por la sociedad de la que soy miembro (SAF). Cena que está dedicada a todos los artistas en general y en particular a los poetas, que por eso se llama Lareira de Poesía. Por qué "Lareira", pues calculo, no lo he preguntado, pero supongo que hace alusión al lugar donde nuestros ancestros se reunían a charlar y a contar sus cosas, sus cuentos, sus leyendas, sus historias en general al abrigo del calor del fuego de la lareira, donde seguro que se calentaba un buen pote de caldo de grelos, que en invierno es como el alimento de los dioses, "divino". Bien, pues en esa cena que como dije es anual y este año celebraremos la "III Lareira de Poesía", los poetas que queremos leemos nuestras "pequeñas obras". Que es, como hacen los pintores y escultores, el momento de "exponer" nuestras últimas creaciones. Para esta ocasión, yo llevaba un pequeño libro de creación y edición propia, dedicado a mi ciudad y mis recuerdos. Creo que gustó y de él voy a utilizar uno de mis poemas para todo aquel que quiera leerlo, y para aquel que no quiera leerlo, por si le apetece, se anima y lo lee. Había sopesado la posibilidad de enviarlo a algún certamen literario, pero finalmente me convencí de no hacerlo dado que es un poema que hace referencia a un mar en particular que sólo lo entenderán y ubicarán los que sean de Ferrol, por lo menos eso es lo que yo pensé. Por cierto al final del poema hay un pequeño apartado que dice: "Comentario". Así que al que le apetezca decir algo sólo tiene que pinchar ahí, y él mismo...



Mi Mar (A la Ría de Ferrol)




Se oyen voces a lo lejos

¡Diez brazas...! ¡Los bajíos!

¡Acantilado a babor!
¡Con cuidado, la entrada se estrecha!


Cuentan las leyendas

de historias y de sueños

que el mar se partía en dos
al tensado de cadenas.

Mar de adentro, mar de afuera

mar tranquilo, mar salvaje

mar a fin de cuentas.

Cuentan las leyendas

que en las noches de luna

y de estrellas

al partirse el mar en dos

se cubría de diamantes la estrecha.


Ardían las orillas en Septiembre

con fuego verde de llama espesa

y al arribo del galeón

con la tripulación de vuelta,

al arribo del pesquero

que la lonja ansiosa espera

el mar se calma

las olas se acuestan

las aguas tranquilas

que embravecidas eran

descansan ahora

bañando los muelles

de la ría entera.


Un castillo, dos castillo

son cerberos de presa

que guardan la entrada y la velan

como compuertas de hierro y de piedra.

Es al mar, a ese mar

al que guardan.

A esa ría y a los puertos

a quienes velan.


Mar de los Sargazos

en tiempos de tormenta

mar de mis recuerdos

donde navegaron mis juergas.

Mar de puertos pequeños

de mil barcas, de cien veleros

mar de mi vida, de mis amigos

mar interior del mar abierto.


Y desde lo alto vigilante

como un faro entre tinieblas

una ermita lo ilumina

y cien mil almas lo desvelan

a ese mar

a mi mar

al mar

donde el Atlántico se estrecha.


(Francisco Vila, "Mi Mar" del libro "Desde lo más profundo". A Coruña, Junio 2007)

domingo, 6 de enero de 2008

Susi Babío. El dulce sueño del barro cocido.













Se puede comenzar un año de miles de formas, o de una sola. Se puede comenzar el año con una expresión de la poesía presente en todas las formas de arte, como una parte inseparable del arte. La poesía está en el teatro, en el cine, en el circo, en la música, en la pintura y en la escultura. En este principio de año la serena calma, la paz dulce o dramática que expresan sus obras, nos demuestran y ofrecen la carga poética de una escultora que no sólo esculpe, crea. Susi Babío, una artista, una escultora y sobre todo, una amiga.


Mil sueños eternos


Del infinito creó un instante
de una hora creó momentos
de la vida creó una madre
de una madre, Mamá,
creó el Destino mil sueños eternos.

(Del poema "Mil sueños eternos" que forma parte del libro "UdMa. Confesiones de un recuerdo" Francisco Vila. A Coruña 2002)