jueves, 18 de septiembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna



Susi Babio. Desnudo , A Coruña 2008







Tenía la esperanza de que La Sala de Exposiciones tuviese algo de éxito, pero por lo que he podido comprobar, y ha sido desde Mayo, como escribí en esa última entrada, ¡Aquí paz y después gloria! Nadie se ha decidido a participar, pues no hay problema, tengo demasiados amigos artistas que, ellos sí, me han mandado sus obras para que yo las vaya exponiendo y acompañen a "mis pequeños atrevimientos literarios". Y además, de esta forma, pongo en práctica otro de mis "aventureros proyectos", cambiar temporalmente, sólo temporalmente, la poesía por la narrativa en prosa. Así que a partir de hoy y semanalmente, voy a intentarlo, iré "troceando" una novela de intriga que hace tiempo empecé a escribir. Con ello conseguiré dos cosas: una, ver si gusta. Y dos, terminarla de una vez. Será una especie de experimento. Veremos qué pasa.





La muchacha de la Casa Luna


I

En el reloj de la torre del Ayuntamiento acababan de dar las doce. Era curioso, pues por la mañana las campanadas eran precedidas por una música agradable, que no pasaba absolutamente nada desapercibida. Ni más ni menos que el tema “La Sinfonía del Nuevo Mundo” de A. Dvorak. Pero ahora en el silencio de la noche, las campanadas sonaban solitarias y un tanto lánguidas. Y si no fuese por el agradable calor de principios de verano, habrían sonado excesivamente lúgubres y frías.

Comenzaba el verano, pero se notaba que aún no habían empezado las vacaciones, porque a pesar del tiempo y de la hora, las calles permanecían llamativamente vacías en una ciudad de tamaño medio, como diría cualquier “urbanitas” que se preciase. Y en medio de aquel vacío, ellos dos. Caminaban despacio, venían de trabajar. La investigación de un caso de fraude en las ruedas para cochecitos de bebés, les había hecho trabajar más de la cuenta. La investigación de la fiabilidad de las fuentes de sus informantes les ayudaría a utilizar, sin consecuencias para el periódico, todos los datos aportados a su trabajo. Y de este modo conseguir desenmascarar a parte de un gremio actualmente en alza y que siempre alardeó de altruismo en todos sus servicios a la sociedad.

Ricardo, periodista. Experto en periodismo de investigación. Treinta y tres años. Licenciado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Soltero, sin compromiso, mejor dicho, totalmente comprometido con su profesión. Ella, Rosetta, becaria. Su ayudante y compañera “circunstancial” en las tareas de investigación. La había conocido, quizá debería decir mejor “descubierto”, seis meses antes cuando pretendía concluir una investigación sobre el fraude “DE LAS RUEDAS PARA COCHECITOS DE BEBÉS”.

Leonardo Monegros era un hombre de mediana estatura, rechoncho, con un rostro jovial, la mayor parte de las veces. Excepto ahora que Ricardo lo tenía delante y le estaba advirtiendo que los plazos para rematar el trabajo y poder editar y publicar la investigación se estaban agotando. Debo aclarar que Monegros era su redactor jefe y estaba suficientemente enfadado. A Ricardo le quedaba una semana para conseguir una de las dos cosas que marcarían su futuro. Una de ellas era acabar el trabajo, publicarlo y que las autoridades correspondientes actuasen como se esperaba y así poder conseguir el mérito y reconocimiento que le correspondía como uno de los grandes periodistas de investigación del país. O por el contrario que el artículo acabase con él, sin lograr rematarlo. Y encontrarse “de patitas en la calle” por inútil y fracasado. Con el consiguiente rechazo por parte del gremio de la prensa. Suponiendo el fin de su carrera.

De repente Leonardo, en un último intento por salvarle del fracaso, cosa que en aquel momento aún no entendía, le dijo con una enigmática sonrisa burlona:

- Ricardo, ya sé que te gusta trabajar solo. Es más estoy de acuerdo contigo. Por lo general trabajas mejor solo, por tu cuenta y riesgo. Pero ahora tenemos un problema y eso nos afecta a los dos. Yo tengo una gran responsabilidad en el periódico y no puedo, ni deseo arriesgarme. Así que me veo obligado a tomar una decisión muy importante de cara a nuestra colaboración profesional.

En ese momento el mundo se le vino encima. Ya se veía en la calle buscando una oportunidad lejos de la ciudad. Quizás en alguna provincia lejana, en una población medio olvidada y en un periodicucho donde su nombre no sonase mucho y pudiese pasar desapercibido en la sección de necrológicas, por ejemplo. O en una esquina, con la mano extendida, esperando una caridad que le permitiese seguir viviendo. En medio de estos catastróficos pensamientos oyó la voz de Leonardo, que sonriendo le decía:

- Tranquilo hijo, tengo la solución. Espera un momento vuelvo enseguida ¿Quieres tomar algo? ¿Un café? Enseguida mando que te lo traigan.

Y salió de su despacho dejándolo en un mar de dudas e incertidumbres.


(Francisco Vila "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña, Noviembre 2005)


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