lunes, 29 de diciembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XVI. Óleo de Fina Cajiao



Fina Cajiao, óleo.









Los bosque, los senderos y veredas. Los ríos bordeados de frondosas arboledas. Todos estos lugares siempre han tenido un atractivo mágico para los pintores y para los poetas. Fina no se ha podido abstraer de esa magia y aquí lo plasma con todo su arte y saber hacer.






La muchacha de la Casa Luna

XVI

Habían vuelto a la comisaría, iban con toda la intención de contarle todo al inspector Barroso. Y sobre todo poner una denuncia. Pero ¿a quién iban a denunciar? ¿Con quién habían hablado? Le darían el número al inspector y el descubriría quién era el propietario del móvil. Sí, eso harían.

Entraron en el despacho de Barroso, quien los recibió un poco sorprendido y un tanto animado.

- ¡Vaya! Pues sí que han sido rápidos para volver ¿Qué les trae por aquí? Si casi no nos hemos despedido. No me digan que necesitan más información.

- Bueno, no es precisamente información lo que necesitamos – contestó Ricardo, un poco azorado-. Queríamos informarle de…

- Espere, espere un momento – lo interrumpió el inspector-.Tengo más noticias e información para Vds. Quizá les sirva para algo. Han comenzado la autopsia de la muchacha, pero en el reconocimiento inicial han descubierto un par de cosas curiosas. A nosotros no nos dice nada, pero quizá a Vds. les valga. El forense ha descubierto una importante infección en la boca de la chica, y sobre todo marcas que revelan la utilización de una prótesis correctora. Que, por cierto, no llevaba colocada. Bueno, la verdad es que, según el forense, tampoco podría llevarla pues los dolores de la infección se lo impedirían. ¿Esto les dice algo? Por cierto ¿acerca de qué querían informarme?

A Ricardo se le acababan de encender todas las luces de alarma. Una infección en la boca, una prótesis… Algo empezaba a encajar. Y él empezaba a desencajarse. ¡Prótesis, prótesis, prótesis! La cabeza le iba a estallar. ¿Era imposible o era verdad? ¿Existen las casualidades? ¿El azar es real? Si salía de esta tendría que comprar lotería. Estaba convencido de que podría hacerse rico. Y además de todo aquello ¿qué era lo que ocurría con la policía? Siempre tan herméticos y ahora casi los llamaban a casa para mantenerlos informados de todo lo que estaba ocurriendo. ¿Y el grado de confidencialidad que debían observar?

- No, nada. Simplemente advertirle de que alguien ha estado removiendo las huellas en el lugar donde encontramos a la muchacha – informó Ricardo-.

- Laura Esquivias – dijo el inspector-.

- ¿Cómo dice? – preguntó Ricardo-.

- Es el nombre de la muchacha. Era estudiante de segundo de Arquitectura. Vivía con dos compañeras más en un piso de la zona residencial universitaria. Por lo visto llevaba varios días sin salir del piso. Estaba preparando los exámenes del próximo trimestre y necesitaba relajarse un poco y respirar aire fresco. Había quedado con otras compañeras para ir a bailar a una discoteca. Nunca llegó a la cita. Parece que antes de llegar debió de encontrarse mal y se sentó a descansar.

- Sí, seguramente – contestó Ricardo -.

- ¡¿Alguien removiendo las huellas?! – advirtió pensativo Barroso -. ¿De qué huellas me habla?

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

martes, 23 de diciembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XV. Óleo de Fina Cajiao


Fina Cajiao, óleo.



¡Somos el puente al infinito, que se arquea sobre el mar, se arriesga por placer, vive misterios por la alegría de hacerlo... se pone a prueba una y otra vez, aprende a amar y amar y AMAR! Esto dice Richard Bach en su "autobiografico" Puente al infinito. Y estoy de acuerdo, sobre todo en aprender a Amar en todos los sentidos. Como Fina ama su pintura y así nos lo demuestra.







La muchacha de la Casa Luna

XV

Tenía el tamaño de una tarjeta de visita, pero no lo era. Había algo escrito en él:

Llamar sin falta a las 10:30 697079817 22/02/03

El papel tenía que pertenecer a quien había estado arrastrando un cuerpo en aquel lugar. Entre otras razones, porque estaba demasiado limpio. Y sobre todo porque la fecha que figuraba en él era la de aquel mismo día. Y faltaban quince minutos para las 10:30. Tenía que hacer algo y rápido. Inmediatamente.

- Rosetta, déjame tu móvil.

- ¿Qué ocurre ahora? ¿Qué vas ha hacer? – contestó ella-.

- Después te lo explico. Ahora necesito el teléfono y salir de aquí ¿Por cierto como se hace para ocultar el número del que llama?

Rosetta le cogió el teléfono, se lo preparó y se lo entregó de nuevo.

Ricardo esperó a que faltasen sólo tres minutos para la hora y marcó el número que venía en el papel. Sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban cuando oyó la primera señal de llamada. Y la tensión aumentó al oír la segunda.

- ¿Andreu? ¿Eres tú? – preguntó una voz de mujer -. ¿Va todo bien?

- Todo limpio y recogido – contestó Ricardo -.

Había puesto la mano delante del teléfono para desfigurar la voz todo lo posible. Tenía que arriesgarse, seguirle la corriente. Estaba convencido de que aquella voz estaba preguntando si no quedaban rastros del asesinato de la muchacha. Sí, asesinato. Ricardo estaba cada vez más convencido de que aquello había sido un asesinato con todas las letras.

- Andreu ¿qué te ocurre en la voz? Te oigo muy mal.

Ricardo se dio cuenta de que tenía que justificar el cambio de voz del supuesto Andreu, si no, todo estaba perdido.

- Alguien está husmeando por aquí cerca y no quiero que me oigan – contestó sin apartar las manos del micro -.

- De acuerdo. Terminaré pronto. Ahora sólo tienes que encargarte del otro problema. Esos dos están resultando demasiado incómodos. Quiero verlos fuera de circulación cuanto antes. Y sobre todo ella. Parece tonta, pero es la más lista de los dos. Debray no es nada sin ella.

Ricardo sintió una punzada en el estomago y gotas de sudor frió comenzaron a bajar por su cuello ¿Qué estaba pasando? ¿Quiénes eran aquellas personas y por qué querían eliminarlos si no tenían nada que ver con aquella muchacha?

- ¿Me has entendido bien? Llámame en cuanta esté el trabajo liquidado ¿De acuerdo? – concluyó la voz de mujer-.

- ¡De acuerdo! – contestó Ricardo -.


Y entonces oyó que el móvil quedaba en silencio. Habían colgado. De repente comenzó a sentir que un temblor “in crescendo” se iba apoderando de su cuerpo. La tensión que había soportado durante la llamada, se iba transformando en algo totalmente distinto.

- Ricardo ¿qué te han dicho? ¿Con quién has hablado?

- Rosetta, esto no ha sido un suicidio, ni una muerte por sobredosis. Ha sido un asesinato – contestó él, cada vez más nervioso-. Y no me preguntes por qué, no lo sé. Lo que sí sé, es que alguien quiere matarnos. Pero tampoco sé por qué.

Rosetta lo miró con los ojos desorbitados y también empezó a ponerse nerviosa. Fue curioso, ella también empezó a temblar.

- ¿Quién… quién nos quiere matar? Y ¿Por qué? – balbuceó-.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

domingo, 21 de diciembre de 2008

Nadal 2008



El invernal manto se extiende

hacia todas partes

hoy ha caído en los arrabales

y los ha vestido de gala

con manto de satén blanco

y guirnaldas

con brillo de nácar.


Francisco Vila, del poema “Hibernnia”


¡¡¡Feliz Nadal e Venturoso 2009!!!


A todos los que me siguen y a los que me seguirán después. A todos los que contemplando un lago se sienten compensados y a todos los que mirando al mar sienten lo mismo.





martes, 16 de diciembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XIV. Fina Cajiao, pintora

Fina Cajiao. Óleo

En el mes de Abril de este año en casa me animaron a asistir a la inauguración de una exposición de pintura. La verdad es que no conocía a la pintora, ni tenía referencias de ella, sólo sabía que era la hermana de una compañera de la madre de mis hijos. Y allá nos fuimos, hasta Casa Charry, en Oleiros (A Coruña). Cuando conocí a Fina Cajiao y pude contemplar sus cuadros decidí que algunos de ellos, los que ella quisiera prestarme , iban y debían estar en este blog junto a las obras del resto de mis amigos. Y así, a pesar del retraso por una serie de razones técnico-informáticas, aquí está y estará acompañando a esta novela las próximas semanas, la obra de otra artista que demuestra que lo es en cada pincelada de sus lienzos.



La muchacha de la Casa Luna

XIV

Ricardo estaba desquiciado. Que a él le pasaran estas cosas después de tantos años de investigaciones. No lo aceptaba. Rosetta no daba crédito. Finalmente se había decidido a seguirlo hasta el callejón, y ahora seguía sorprendida de verlo en aquel estado de excitación. Nunca antes lo había visto tan desquiciado. Y lo peor de todo era que no sabía como ayudarlo y tranquilizarlo.

Debray entró en el local intentando, a pesar de su excitación, no pisar los trozos de madera reventados de la puerta, ni los trozos de la cerradura tirados por el suelo. El ambiente en el interior era frío. El abandono y el polvo lo cubrían todo. Una pequeña cocina, un despacho almacén y el bar. Cuatro mesas al fondo, sin sillas, la barra a la derecha. Tres mesas más frente a la barra, pegadas a la pared, con sus correspondientes asientos dobles corridos, estilo americano, y una única mesa junto al ventanal que daba a la calle. Cuánta gente, y coches y vida. Cuánta actividad y algarabía en ocasiones, los días de partido. Cuánto de todo ello se había contemplado desde aquella mesa y a través de aquel ventanal en otros tiempos, cuando el barrio estaba en plena ebullición. Cuando lo habitaban tantos vecinos deseosos de disfrutar de su vida, de su futuro. Aquel barrio que en otros tiempos había llegado a ser de los de más actividad de la ciudad.

Ricardo se agachó en el lugar en donde había visto la zapatilla la noche anterior. Ya no estaba. Había desaparecido al igual que la cinta. ¿Qué relación había entre ambas cosas? En el suelo había polvo. Había polvo por todas partes, pero por ese detalle, Ricardo descubrió unas huellas en el suelo gracias a la luz que entraba por el ventanal. Por la noche no las había visto porque la luz de la linterna no las podía distinguir desde fuera, y los que estuviesen dentro no se darían cuenta de las marcas que estaban dejando ya que la luz de la calle no llegaba a iluminar el interior del local. Y la farola que tendría que iluminarlo estaba rota.

Había huellas de zapatos deportivos. Como mínimo un par de pares distintos. Tal vez un par de ellas fuesen de la muchacha, y las otras… ¿de quién serían las otras? Ricardo debía y quería seguir investigando.

- ¿Qué te parece si utilizas mi teléfono móvil para hacer algunas fotos, antes de que termines alterando todas las huellas? – dijo Rosetta que en ese momento acababa de entrar en el local -. Ric, dime que está pasando ¿Qué es lo que pretendes? Quieres explicarme a que viene toda esta excitación, por algo de lo que hasta ayer no teníamos ni idea. Y que además ya está investigando la policía.

A Rosetta le preocupaba cada vez más, aquel repentino y desaforado interés por un caso que a ellos ni les iba ni les venia. Ya tenían sus propias preocupaciones con el caso de los protésicos, que por cierto ellos sí que se estaban poniendo demasiado nerviosos. Podían denunciarlos, denunciar al periódico, pedir indemnizaciones y ordenes de alejamiento. Podían ir a la cárcel por meter las narices donde no debían haberlo hecho sin cubrirse las espaldas a tiempo. Y no lo habían hecho todavía.

A Ricardo se le habían encendido los ojos y había recuperado las esperanzas. El teléfono de Rosetta para hacer las fotos. Ella ya se lo había comentado en varias ocasiones: <<…Ricardo, deberías cambiar el móvil por uno de tercera generación. Parece mentira que seas periodista…>>.

- Rosetta, anoche después de dejarte y venir aquí, cuando miré a través del ventanal, aquí mismo había una zapatilla deportiva. Nueva, de mujer. Y hoy ya no está. Hay huellas de haber arrastrado a alguien aquí dentro. Esta noche había una serie de cosas que hoy han desaparecido. Y es muy curioso que entre tanto abandono y desorden, alguien se preocupe de hacer desaparecer pruebas de no se qué. Aquí pasa algo y estoy decidido a descubrir de qué se trata – contestó Ricardo, ya algo más calmado -. Además puede ser un buen artículo y seguro que más interesante que lo que ahora estamos haciendo ¿No crees? ¿Estás dispuesta a ayudarme? Te necesito.

- Debray, estamos demasiado comprometidos con el gremio de protésicos. Ya has visto la actitud del presidente. Lo teníamos contra las cuerdas y ahora viene en plan gallito. Si cedemos sólo un poco podemos tirar toda la investigación por la borda. Y hemos trabajado demasiado para perderlo todo por otra investigación que ni tú mismo sabes de qué va. Por muy interesante que te parezca el caso. Además la policía ya ha tomado cartas en el asunto y aunque a ti te parezca que no hacen nada, seguro que no nos han dicho toda la verdad sobre la investigación que están realizando. Tú sabes muy bien que nunca dicen toda la verdad. Y ya oíste al inspector, él lo tenía todo muy claro.

Ricardo apenas la oía.

- Sí, claro. Tienes razón – le contestó sin prestarle atención-.

Acababa de ver la esquina blanca de un papel, que sobresalía por debajo de la pata central de la mesa que quedaba justo al lado de las huellas que tanto le intrigaban. Se agachó y tiró del papel.

(F. Vila F. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

A José Rubio Gascón, escultor


Pepe Gascón en su taller con una de sus obras





Hace muchos, muchos años existía un lugar llamado Ferrol. Y en el vivía un artista, un dulce artista que modelaba y moldeaba el dulce. En particular el chocolate, dándole mil y una formas diferentes para hacerlo más apetecible, más apetitoso, más fantástico. Yo lo conocía por Pepe Gascón, el pastelero. Pero pasaron los años, me fui de Ferrol y fui creciendo y aquel artista también creció. Creció como pastelero y sobre todo como artista, como artista escultor. Así que después de muchos años de aquellos dulces recuerdos de Gascón, ahora al volver a Ferrol descubro al Pepe Gascón escultor, al escultor de siempre y desde siempre, artista consolidado, artista reconocido, artista respetado. Y ahora que yo intento ser el que quise ser siempre, escritor y poeta, aquel maestro pastelero que nos hizo soñar sueños dulces, para mi y para el arte se ha convertido en El Escultor de Sueños.

Laureano Quesada en la Rectoral de Cines




Laureano Quesada. "El huerto de la abuela Guillermina", óleo.






El sábado día 20 de Diciembre , o lo que es lo mismo, dentro de cuatro días le hacen un homenaje a Laureano en la Rectoral de Cines, un lugar maravilloso para la inspiración de un artista. Pertenece al ayuntamiento de Oza de los Ríos. Allí va a llevar para exponer parte de sus últimas obras. Entre ellas las que se podrán disfrutar y adquirir en su próxima exposición, conjuntamente con las esculturas de Susi Babío, en la Sala Xerión de A Coruña, como ya he comentado hace poco. Hoy, ahora, quiero mostrar una de los lienzos que más me ha cautivado de la obra de este fantástico artista, porque estoy contemplando el lienzo a través de un cristal de "sueños y ensueños". Y además, al mismo tiempo, estoy escuchando a Enya en su tema Lothlorien del álbum The Celts 2. Así que para que contaros cómo estoy disfrutando. Poco más se puede pedir.

jueves, 11 de diciembre de 2008

A Laureano Quesada, pintor







Laureano Quesada. "Dama de la lluvia", óleo.







Yo creo que decir pintor para describir a un artista, ya es mucho. Decir que Laureano Quesada es sobre todo "profundamente pintor", ya es definir hasta que punto, creo yo, que es y se siente Laureano en su arte. Un pintor desde siempre y desde mucho antes de saber que iba a ser pintor. Un pintor que como una vez le dije, no pinta sobre lienzo, pinta sobre cristal opaco. Sus figuras, su visión de la realidad está envuelta en una bruma de misterio que vela las miradas de esas niñas-mujer guardadas en sus cuadros como joyas en un joyero de ensueños. Laureano se incorpora a mis blog, como el resto de mis amigos artistas, para quedarse, hasta que él desee. Y para empezar me comunica que a principios del próximo año, creo que sobre Marzo, expondrá su obra conjuntamente con Susi Babío, en la Galería "Xerión " de A Coruña, en el edificio del Hotel Riazor, junto a la playa del mismo nombre. No les deseo suerte porque creo que no la necesitan. La suerte es tener la obra de ambos en casa para poder disfrutarla cuando a uno le apetezca, a solas y con una música new age suave. Y para eso primero habrá que empezar visitando la galería de arte.

La muchacha de la Casa Luna XIII Susi Babío, escultora.


Susi Babío. "Sueño del Sur".

Galería Xerión, A Coruña.



Vuelvo a utilizar esta figura de Susi, y la vuelvo a utilizar porque me encanta y, para mí, expresa toda la fuerza de una escultora y el romanticismo de una poetisa.





La muchacha de la Casa Luna

XIII

Al llegar al bar “Casa Luna” Ricardo notó algo extraño. A pesar del caos y abandono que existía en aquel lugar, “algo” estaba aún más revuelto. Al apearse del coche, inmediatamente se dio cuenta de que las rejillas de las alcantarillas cercanas al bar estaban desplazadas y tiradas a un lado. Alrededor de las alcantarillas se amontonaba toda la suciedad que había sido retirada de su interior, como campos abonados de estiércol. Daba la impresión de que quien había estado buscando ¡Dios sabe qué! Lo había hecho con prisa y sin importarle que alguien descubriese la maniobra. Y él, la noche anterior, no había sido. Él lo había dejado, curiosamente, todo recogido. Era algo que había aprendido trabajando al lado de Rosetta. También se fijó en la farola, ya no había ni cinta, ni pantalla, ni agujeros, naturalmente. Estaban en el suelo hechos añicos. Pero la cinta no estaba. A Ricardo el enfado le aumentaba por momentos. Se acercó a la cristalera del bar.
-
¡Cabrones! Sean quienes sean – exclamó dejando que su enfado se desbordara -. Tenía que haberlo previsto. Debería haber traído mi cámara. No debí de haberme marchado tan pronto.
Mientras gritaba sin cortarse un pelo, miraba fijamente a Rosetta a los ojos, con una furia desconocida para ella que la hizo estremecerse.

-
Y yo me llamo periodista de investigación ¡Ni un niño puede ser tan ingenuo! Pensar que todo iba a seguir igual que anoche ¡Parezco más policía que periodista! Seguro que pido una plaza de policía y me hacen comisario ¡Seré imbécil! Hasta la zapatilla deportiva ha desaparecido.
- Pero… ¿Qué te ocurre? ¿De qué hablas? – le gritó Rosetta -. No entiendo nada ¿Qué pasa?
Ricardo, sin contestarle, salió disparado hacia el callejón por donde había aparecido el gato la noche anterior. Al dar la vuelta se encontró en la parte de atrás del bar. Delante de la puerta trasera del mismo. Y estaba abierta. Mejor dicho, reventada. La cerradura hecha añicos. Y se acordó de la lata de cerveza rodando, no había sido el gato. Y ¿de quién huía el gato? Seguro que mientras él investigaba por el frente, “alguien limpiaba” por la parte de atrás y por el interior del local.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

jueves, 4 de diciembre de 2008











Rosa Martinez, poetisa; José Rubio Gascón, escultor; Corín Diego Cervera, pintora; Carlos Barcón, pintor; Manoli Castro, pintora; y el que esto escribe, en la última exposición del grupo Arco Iris en la Residencia para mayores de Caranza, en Ferrol (a. P.) Quiero decir antes de París, que es donde van a exponer próximamente. Ya informaré de ello y de ellos. En esta ocasión he tenido la suerte de ser invitado por el grupo para leer uno de mis poemas en compañía de una gran poetisa como es Rosa Martinez Dios. Como digo a partir de ahora iré informando de ellos, de sus obras y de la de otros grandes artistas y amigos que me siento honrado de poder contar con ellos en esta pequeña ventana del arte.



La muchacha de la Casa Luna

XII

(capitulo III)


Fue sorprendente. Las declaraciones se llevaron a cabo con la mayor rapidez posible, con un mínimo de interrupciones, más que nada para corregir algunas palabras excesivamente técnicas que el escribiente de turno no conseguía entender. Por lo demás ¡Ya está listo! ¡Pueden marcharse! Y ¡Muchas gracias por las molestias! Lo dicho, todo muy rápido, muy limpio, muy educado. La única alteración en todo el proceso fue cuando Ricardo, antes de despedirse del inspector Barroso y en su papel de periodista, se atrevió a pedirle una copia del informe policial. Creyó que el inspector le iba a poner un montón de pegas, que si era secreto del sumario, que si era un informe oficial y no podía entregarse a la prensa, etc., etc. Pero al contrario, lo único que hizo fue entregarle una copia, incluso con fotografías del lugar de los hechos y de la victima. Y finalmente, para rematar el absurdo, se ofreció para responder a cualquier pregunta o duda que tuviesen, y en cualquier momento. Después se disculpó con un montón de trabajo que tenía pendiente de atender y se despidió. Ricardo y Roseta no daban crédito. Siempre habían pensado que por muy obvias que fuesen las pruebas iniciales en un caso de muerte, las investigaciones, la tramitación simplemente, la obtención de pruebas, las entrevistas, las conclusiones. Todo ello llevaría, como mínimo, varios días. Los inspectores, los forenses, los laboratorios, incluso las comidas, los bocadillos, las cervezas y los cigarrillos que se consumirían durante todo el proceso representarían más tiempo añadido, bastante más tiempo. Pero nunca llegaron a imaginarse que todo eso se resumiría, para el ojo profesional del cuerpo de inspectores de la policía, en tan sólo y exactamente, siete horas, treinta minutos y quince segundos. Ni más, ni menos. Increíble. Absurdamente increíble, pensaba Ricardo.

-Ayer cuando te dejé en casa, volví al lugar donde encontramos a la chica – dijo Ricardo mirando a Roseta-. No estaba tranquilo. Algo me chocaba en todo aquello. Y descubrí un par de cosas interesantes. Quiero que las veas.
Y a continuación subieron a su Smart semi-deportivo, de color azul marino combinado con un beige, característico de la marca. Roseta la primera vez que lo vio, tomó a Ricardo por un fan de aquella serie de los ochenta, Miami Vice. Sólo que su compañero no tenía los mismos “posibles” que aquel rubio norteamericano, policía antivicio, llamado “Sonny”.

(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña, noviembre 2005)

martes, 25 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XI. Óleo de Dolores Parga


Dolores Parga. "Praia da Mourela, Meiras"
Óleo



El mar de mi tierra, mar bravo, mar inquieto. En el pincel de Mariló la playa, el mar, con toda su belleza y fuerza.


La muchacha de la Casa Luna

XI

(Capítulo II)

Casi no había dormido. Había llegado tarde a la entrevista con el Presidente del gremio de Protésicos, que lo estaba esperando con el asesor jurídico de la entidad y con un humor de ¡mil pares de demonios! Después de la nochecita movida que había tenido, lo que menos deseaba Ricardo era discutir. Y el Presidente lo que menos deseaba era no presentar batalla y bajar la guardia. Por lo que el ¡Buenos días!, en realidad fue ¡Pero que coño se cree, no le llega con verter toda esa basura de su investigación encima de mi Asociación, sino que también se permite el lujo de llegar tarde! ¡Se lo advierto Debray, es la última que le aguanto!
Había quedado a las nueve. Y esa había sido la primera cita, tres cuartos de hora tarde. Rosetta se mantenía en un seguro segundo plano. Y de nada habían servido sus explicaciones para respaldar el retraso de Ricardo. Ella estaba a la hora acordada, totalmente fresca y despejada.
Ricardo todavía no se había despejado cuando entraron en la comisaría y el inspector Barroso, al verlos entrar, volvió a repetir:

- “¡Caso resuelto!” Ya se lo dije por la noche, el caso era de libro. Les voy a tomar declaración, pero será un simple trámite, porque el caso no tiene duda. Hemos investigado en fiestas cercanas y ¡Bingo! En la zona de copas, relativamente cerca del lugar donde la encontraron, se celebraba una fiesta de paso del ecuador de Medicina. Varios jóvenes la han identificado como su compañera. Había bebido demasiado y tomado un par de pastilla. Seguro que “Éxtasis” y algo más. Poco antes de las once dijo que no aguantaba más y que se iba a su casa. Les pareció bien y no le dieron más importancia. No era la primera vez, así que se fue sin que le prestaran mayor atención. Se marcharía andando para despejarse, pero debió de encontrarse mal en cierto momento. Las pastillas necesitan un tiempo para hacer efecto. Se paró a descansar, se apoyó en la farola y ahí se acabó todo. Estoy seguro de que el forense me dará la razón. En un principio creí que era más joven, pero en realidad tenía veintiún años y como ya he dicho, estudiaba medicina, tercer curso. Era una buena estudiante. Es curioso, muy curioso. En fin, eso es todo ¡Caso resuelto!

Ricardo seguía creyendo que “el convencimiento absoluto” del que disfrutaba el inspector, fallaba en algo. Era algo “insustancial” y también “absoluto”. En realidad fallaba en lo más básico y era que estaba equivocado, simplemente equivocado. Escandalosamente equivocado. Como yo con la edad de la chica. Cómo podía todo un inspector de policía, ante un extraño caso de muerte con atenuantes tan claras de causas de muerte “tan” extrañas, cómo podía decir que no había pasado nada y que estaba todo totalmente claro, y el caso prácticamente resuelto. Con lo poco que Ricardo había podido ver, debería estar ya en marcha una investigación oficial con un gran equipo de policía ejecutándola. Pero no, ahí estaba ese inútil, o vago, o simplemente desbordado policía haciendo precipitados juicios absolutistas, gratuitamente. También es cierto que desde que habían llegado a la comisaría, el trasiego de personajes de todo tipo, abarrotaban las instalaciones de una forma alarmante. ¿Era siempre así? ¿Estaba ocurriendo algo extraordinario? Aquello no parecía normal. Y la verdad es que a Ricardo le “chocó” algo en la actitud del inspector y no sabía que era exactamente. Aquel hombre estaba excesivamente tranquilo en contraste con la excitación que reinaba a su alrededor. O demasiado tenso y no lo aparentaba. En la comisaría se notaba una tensión contenida en todos los policías, que se reflejaba en la actitud hacia los denunciantes y denunciados que abarrotaban las instalaciones. Cada vez que se veían obligados ha hacer callar, a pedir calma y paciencia a todo aquel “maremágnum” de personajes, lo hacían con una rabia contenida demasiado visible. Era un caótico alboroto, que nadie podría haber tomado como “una mañana normal” en aquel lugar. Hubo un momento, antes de prestar su declaración, en que Rosetta miró a los ojos de Ricardo como pidiéndole una explicación de por qué estaban allí. Él se encogió de hombros y con un gesto le rogó paciencia. Deseaba con todas sus fuerzas escaparse de aquel lugar y continuar con la investigación de la pasada noche. Estaba seguro de que en aquel bar se escondía un misterio digno de ser investigado a fondo. Y algo le decía que era muy importante. Quizá demasiado importante para él. Para ellos dos. Por lo de pronto algo en su quehacer diario había cambiado. Y ese algo era el creciente desinterés inconsciente por el caso de los protésicos. Así que, realmente, algo muy importante estaba ocurriendo.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

lunes, 17 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna X. Óleo de Dolores Parga



Dolores Parga. "Paisaje rural", óleo.



Sigo diciendo que los árboles de Mariló Parga encierran un misterio difícil de descubrir, pero apasionante. Dicen mucho más de lo que simplemente se ve.



La muchacha de la Casa Luna

X

La flor del colgante estaba compuesta por un centro redondo rodeado de cinco pétalos, realizados en piedra luna y engarzados en un armazón de plata. El mismo metal del que estaba hecha la cadena. En el reverso del colgante podía leerse:”9Set5Arül9”. A Ricardo le gustaban los criptogramas y los crucigramas, y todos los acertijos en general. Por algo se había hecho periodista de investigación. Pero aquello en un principio, lo desconcertó. ¿Un nombre? ¿Dos? ¿Una fecha, una clave? Qué significaba aquello. Desde aquel momento ya no dudó de que, tanto el zapato deportivo como el colgante pertenecían a la fallecida. ¿Su nombre era Set o Arül? ¿Sería árabe? Uno de los nombres indudablemente era egipcio. Set, el señor de la noche. El que mató a su hermano Osiris, esposo de Isis y lo cortó en catorce trozos. Pero también era el dios del Valor, el que alanceaba a los enemigos de Ra desde la barca del Sol. Arül no le sonaba, pero estaba seguro de que alguna relación tenía con el mundo árabe, egipcio o sirio. De alguna zona del Norte de África.

De repente se dio cuenta de lo tarde que era y que en unas horas tendría que reunirse con un montón de personas e ir a un ciento de sitios, además de acercarse con Rosetta a la comisaría. Por lo que decidió dejar todo en suspenso e irse a casa. Por la noche intentaría proseguir con la investigación. A fin de cuentas la policía tampoco se había dado mucha prisa. Se guardó el colgante en el bolsillo y se encaminó a su apartamento. Aún le quedaba bastante por andar. Justo en el momento en que comenzaba a marcharse, algo se desprendió del sucio ventanal en el interior de la taberna y fue a parar sobre el zapato deportivo. Un viejo cartel de aviso que no pudo soportar el paso del tiempo: “Peligro. Edificio en estado ruinoso. Riesgo de derrumbe. Por orden municipal, no acercarse”. Ricardo no lo había visto.

(F. Vila, “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna IX .Óleo de Dolores Parga


Dolores Parga. Playa de Santa Comba



Como había prometido, cambio de imagen para la misma narración. Una playa de mi fantástica tierra. Un cuadro de una pintora fantástica.


La muchacha de la Casa Luna

IX

El sonido de una lata de cerveza vacía al caer, tras tropezar con ella un huidizo gato vagabundo, negro, convertido en un fantasma por la tenue luz de las farolas, y que salió disparado del callejón lateral del bar “Luna”, sacó a Ricardo de su ensimismamiento. Mientras volvía a la realidad y el gato desaparecía atravesando la calle e introduciéndose por otro callejón más alejado, nuestro hombre caía en la cuenta de un curioso detalle. Mientras la policía investigaba el lugar donde ahora se encontraba Ricardo, unos pocos soñolientos vecinos de las casas colindantes, en pijama y bata, se habían acercado a curiosear. Que por cierto no eran muchos ya que un gran número de las casa de aquel barrio habían quedado vacías. Vacías gracias a los proyectos inmobiliarios que las autoridades municipales habían desarrollado para modernizar la zona, bastante abandonada y deteriorada, denunciaban los periódicos casi a diario. Era algo así como el huevo y la gallina. No se sabía si el proyecto era para solucionar el deterioro lógico del barrio, debido a su antigüedad, o si en realidad se había abandonado, lógicamente, durante mucho tiempo, para poder sacar una buena tajada inmobiliaria ¡Quién podría saberlo!

Las luces y las sirenas de la policía y la ambulancia habían despertado y atraído a aquellos intrigados vecinos que miraban, alternativamente, a la policía, al cuerpo inmóvil apoyado en la farola, cubierto con una manta plateada, esperando la llegada del juez, y a la pantalla de aquella farola, que presidía silenciosa la escena. En aquel momento no le había dado demasiada importancia, estaba más atento a las labores de los agentes del orden, a lo que hacían o dejaban de hacer. Y sobre todo estaba más atento a lo que podía estar pensando su compañera, que al fin y a la postre era el motor que tiraba de la desgana que, últimamente, embargaba a Debray. Así que ahora intentaba ver, con aquella pequeña pero potente linterna, qué había en aquella farola que tanta atención ejercía sobre los curiosos.

La parte superior de la farola, la que albergaba a una lámpara, ahora “ausente”, estaba compuesta por cuatro pantallas de cristal. De las que tres hacía ya mucho tiempo que habían desaparecido. Y en la que, a duras penas, permanecía en su lugar se podía observar que algo plateado, como una cinta del pelo, atravesaba el cristal por dos agujeros del tamaño de una moneda de dos euros. Entraba por uno y salía por el otro, colgando unos quince centímetros por cada uno de ellos. Era realmente curioso. ¿Qué hacía allí aquella cinta? ¿Quién se habría molestado en introducirla por los dos agujeros tan limpiamente? Y sobre todo ¿quién había hecho aquellos dos agujeros tan perfectos en aquel lugar tan absurdo? Necesitaba una escalera. Tenía que volver por la mañana. Mejor dicho, volver por la mañana después de cumplir con todos los compromisos ineludibles, que tenía en su agenda. Ahora tendría que conformarse con lo que acababa de descubrir, el colgante.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)

jueves, 6 de noviembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna VIII





Susi Babío. "Torero"
A Coruña, 2008





Otro jueves más. La próxima semana acompañaré la narración con una galería de obras de diferentes artistas. Un saludo a todos los que me visitan.




La muchacha de la Casa Luna

VIII

Atraído por la curiosidad miró a través del cristal de la puerta con ayuda de su “varita mágica” y de repente se dio cuenta que justo delante de la barra del bar y cerca de la puerta, en el suelo, había un zapato deportivo, de mujer. Un Nike llamativamente nuevo, limpio y moderno para estar allí desde que el bar hubiese servido la última copa y como era evidente, cerrado sus puertas. Aquello no encajaba con la decoración y además sospechaba a quién pertenecía aquel deportivo. Sin embargo, sin saber por qué, siguió inspeccionando la acera. Algo le decía que aquel lugar no podía estar tan “limpio” de pruebas. Tenía que haber algo que le aportase pistas sobre la identidad de la victima y los motivos que llevaron a la muchacha de la “Casa Luna” a morir allí. De repente un reflejo desde el fondo de una alcantarilla, junto a la entrada del local, le llamó la atención. Se agachó al mismo tiempo que apoyaba la rodilla derecha en el suelo para poder levantar la reja del sumidero y… ¡Maldita sea! ¡Me cago en la…! Las dos frases quedaron, inmediatamente, ahogadas en un silencio prudencial. Lo único que necesitaba ahora era que apareciese alguien a mirar lo que pasaba. Pero el enfado de Ricardo se justificaba por la mancha de orines que decoraba la rodilla derecha de su elegante Emídio Tucci gris claro, de verano, del Corte Inglés. No se había podido resistir a la publicidad. Los grandes murales lo anunciaban por todas partes. Y la verdad era que a Andy García le quedaban como un guante. Como a George Clooney le había pasado la temporada anterior. Así que Ricardo se decidió. Se compró uno gris claro, de verano. Y hasta aquella noche se sentía cómodo y elegante. Pero sólo hasta aquella noche. ¡Joder! Y aún me falta por pagar el último plazo. Pero el espíritu investigador era más fuerte que todos los plazos, pantalones y trajes que tuviese que destrozar para llegar al fondo del caso. Sin pensárselo dos veces y además: << ¡… ya de manchados, perdidos para siempre!>> Metió la mano en la alcantarilla y tras separar varias hojas de los árboles de la calle, sospechosamente húmedas y blandas; dos paquetes de Ducados de caja blanda, sucios y descoloridos; y varias chapas de Mahon, dobladas, oxidadas y cubiertas de moho, pudo rescatar lo que relucía con tanta insistencia. Un colgante en forma de flor de cinco pétalos sujeto a una cadena plateada. Una vez rescatado, lo intentó limpiar con lo único que tenia, una servilleta de papel que había utilizado para apuntar el número del móvil de un supuesto confidente del caso que estaba llevando con Rosetta. ¡Rosetta! Ya estaría durmiendo. Seguro que soñando con la investigación de las famosas “ruedas”. Podrían haber estado tomando algo y quizás disfrutar de “algo más” si no hubiese ocurrido todo lo de aquella noche, pensó Ricardo.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)



martes, 4 de noviembre de 2008

Dolores Parga




Dolores Parga. "Paisaxe de Doniños", óleo.

















Dolores Parga. "Paisaje desde Neda", óleo.








Qué puedo decir de Mariló Parga, yo que no soy pintor sino poeta. Cuando recibí los cuadros que me ha enviado para disponer de ellos en mi blog, me pasé un tiempo observándolos, contemplándolos uno a uno. Disfrutando cada trazo en su pintura esencial e ingenua. Disfruté de su trazo difuso, tenue, de pinceladas arriesgadas de sueños y ensueños. Y de repente lo vi, "Paisaje desde Neda" y me acerqué a aquellos árboles de ramas desnudas. En ellos vi la fuerza del otoño en sus ramas primigenias y revueltas. Vi esos árboles desde "muy cerca" y descubrí que, abrazados a las nubes, construían verso a verso una idea, una ilusión, un sueño. Y supe que Mariló es una pintora que no pinta, sueña y sus pinceles se deslizan sobre el lienzo con todo el amor y la maestría del artista que pinta porque disfruta, porque quiere y porque puede. Y la seguí descubriendo en el "Paisaxe de Doniños". Y en muchos más que iré exponiendo en próximos días. (F. Vila. A Coruña, noviembre 2008)

jueves, 30 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna VII




Susi Babío. "Africa"
A Coruña, 2007




A partir de la próxima semana cambiaremos, temporalmente, la escultura por la pintura. Espero que todo os esté gustando.



La muchacha de la Casa Luna

VII

Cuando llegó al lugar de los hechos, junto a la farola, se dio cuenta de la oscuridad que reinaba en la zona. Antes no lo había advertido porque estaba absorto en la muchacha, pero ahora se daba cuenta de que no veía nada. Al momento recordó que Jacinto, el ordenanza de la redacción, le había regalado una pequeña linterna. Un regalo de esos que vienen acompañando a ciertas revistas.

- Me la mandan todos los meses. Me suscribí hace dos años a una revista dedicada al senderismo y a las aventuras, y de vez en cuando regalan algo – le dijo Jacinto entusiasmado con sus aficiones -. Yo ya tengo otra linterna, pero más grande. Regalo de otro número. Y además se puede utilizar como lámpara para las noches en la tienda de campaña. Esta pequeña quizá le sirva a Vd. en alguna de sus investigaciones.

Y tanto que le iba a servir. Ese Jacinto era un poco simplón, pero buena persona. Y eso era lo que lo hacía caer bien a todo el mundo. En cuanto pudiese le agradecería el regalo, comprándole algo relacionado con el senderismo. No sabía qué, pero algo. Ya lo pensaría, se dijo Ricardo convencido.

Recordó que había guardado la linterna en el “attaché”, sin prestarle demasiada atención. Lo abrió y después de revolver algunos papeles lo encontró todavía con el plástico transparente del expositor cubriéndolo. Sin mucha confianza lo desempaquetó, le colocó la pila y la encendió. Sorprendentemente, al iluminarse pudo comprobar que aquella miniatura iba a ser efectiva. Muy efectiva. Enfocó el haz de luz hacia las instrucciones de plástico que habían recubierto la pequeña linterna y leyó: “Lámpara de xenón, el doble de efecto lumínico”. Vaya, por una vez la publicidad de un producto “casi” se queda corta. A continuación iluminó la acera, comprobando palmo a palmo los alrededores del lugar donde habían encontrado a la misteriosa muchacha.

Llevaba aproximadamente tres cuartos de hora inspeccionando la zona y lo único que encontraba, en abundancia, era basura y más basura en todas las esquinas. Además de abundante cantidad de detritus canino por aquí y por allá. Pero de algo que le ayudara a descubrir el misterio de lo ocurrido, nada de nada. De repente se dio cuenta de que desde que habían encontrado a la joven, e incluso ahora, nunca se había fijado en los edificios, ni en los locales que había alrededor. Ahora había reparado en que justo detrás de la farola ciega se situaba una antigua taberna con los cristales del amplio ventanal y de la puerta, totalmente sucios. Llenos de viejos carteles pegados y semiarrancados, reflejaban el abandono del local desde hacía mucho tiempo. Alzó la luz, y sobre la puerta, un viejo cartel de plástico con el alma de sucias lámparas de neón al aire, intentaba mantenerse sujeto. En aquel difícil equilibrio se podía descubrir, con letras borrosas, el nombre del local: “CASA LUNA”. Luna llena pensó Ricardo, al observar la oscuridad que reinaba a su alrededor.

(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña, noviembre 2005)

jueves, 23 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna VI



Susi Babío. Busto de muchacha.
A Coruña, 2005




Todo el que quiera comentar algo del relato semanal, o de cualquier entrada, sólo tiene que pulsar al final en "comentarios" y ahí quedará reflejado su punto de vista. Hasta ahora nadie comenta nada, silencio. ¿Será que gusta? ¡O no!
¡Hasta la próxima semana!





La muchacha de la Casa Luna


VI

Habían llegado al portal del edificio de apartamentos donde Rosetta tenía su estudio. Era un pisito bastante coqueto y fácil de decorar, gracias a los cuarenta metros cuadrados “hábiles”, como diría un constructor. A pesar de ello para Rosetta era el Palacio de Versalles y lo trataba como tal. Al llegar a la puerta del edificio, en un alarde de amabilidad y compañerismo, Rosetta mirando a los ojos de su compañero, le dijo:

- Ricardo, me gustaría invitarte a subir. A estas horas, después de trabajar todo el día y ahora lo de esa chica, quizá te apeteciese tomar algo sólido, o por lo menos beber algo. Pero la verdad es que estoy agotada y lo único que deseo es dormir lo que queda de noche para estar despejada por la mañana ¿No te importa, verdad? Otro día tomamos algo y charlamos – lo dijo todo seguido sin posibilidad de réplica -. ¡Buenas noches Ricardo! Nos vemos a las nueve en la redacción.

Y cerró la puerta del portal tras de sí. Ricardo no dijo nada, no habría podido. Sólo asintió con la mano. En otras circunstancias se habría sentido despechado, como mínimo defraudado, pero ahora casi lo estaba deseando. Necesitaba volver a la calle donde habían encontrado a la muchacha. Junto a la farola. Tenía que investigar por su cuenta. Si la policía no lo hacía, él sí lo haría. Y allí, en aquel lugar tenía que haber algo que le descubriese pistas para resolver aquel caso “típico”, como había dicho el inspector. Pero quizás, no tan “típico” como él creía.

Apuró todo lo que pudo para deshacer lo andado, por si alguien pasaba por allí y veía o cogía algo que pudiese alterar la investigación, “su investigación”.

(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña 2005)

viernes, 17 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna V




Susi Babío. Muchacha en postura de yoga.
A Coruña, 2007





A la orilla de un lago recordé qué día era hoy y me apresuré a continuar la novela. ¿Habré hecho bien?





La muchacha de la Casa Luna


V

Después de hacer la inspección rutinaria, el oficial encargado del caso, el inspector Barroso, un hombrecillo rechoncho, casi calvo, con cara de bonachón, ya entrado en años, y bastantes años, pues le quedaba “el estornudo de un murciélago” para jubilarse, según le contestaba a todos aquellos que al verlo en comisaría le decían: ¡¿Pero hombre, Barroso, todavía estás en activo?! El inspector se había acercado hasta donde esperaban Ricardo y Rosetta. Después de presentarse cordialmente, sentenció totalmente convencido:

- ¡Caso resuelto! La chica después de una juerga nocturna, que descubriremos enseguida dónde tuvo lugar, y tras consumir ¡Sabe Dios! cuántas porquerías, intentó volver a casa. Y antes de reventar, hizo un alto en el camino para descansar un poco apoyada en la columna. La vencieron el cansancio y los estupefacientes, y se quedó dormida para no volverse a despertar. No se observan signos de violencia y la postura lo dice todo. Lo dicho. “Típico” ¡Caso resuelto! – volvió a decir convencido -. Y ustedes dos, hagan el favor de pasar por comisaría para prestar declaración. No hace falta que se apuren mucho. Por la mañana, a cualquier hora, cuando puedan. Así que nada más ¡Buenas noches! y ¡Hasta mañana!

Y sin decir nada más, dio media vuelta se metió en su coche patrulla y desapareció por la primera transversal a la derecha en pos de la ambulancia que circulaba rápida, pero en silencio. Nadie se podría haber imaginado que en aquel cortejo casi silencioso, viajaba una preciosa joven rubia llena de vida poco antes y ahora inocentemente fría, dentro de una bolsa de plástico negra cerrada con una larga cremallera. Todo había sido muy rápido y muy limpio. Sólo habían tardado apenas dos horas, y eso porque les costó encontrar al juez de guardia para el levantamiento del cadáver. Sin embargo, Ricardo estaba convencido de que para lo que habían hecho, con media hora les hubiese sobrado tiempo. Porque en realidad desde su perspectiva de periodista de investigación, a lo que había hecho la policía en este caso no se le podía catalogar ni de chapuza. Simplemente no habían hecho nada. Llegaron, vieron a la muchacha, se fumaron un Whinston, el inspector apuntó en su “cuaderno importante de notas” los recados de la mañana siguiente: “… a las 13:00, recoger a los nietos en el cole”. “… a las 17:00, llevar a mi suegra al Ave, para que no se pierda”. Etc., etc. Esperar al juez y ¡Adiós! Lo dicho, media hora. Ricardo estaba indignado. Todo lo contrario le pasaba a Rosetta que después de todo lo ocurrido, inmediatamente continuó pensando y organizando la investigación del caso que tenían entre manos.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)

viernes, 10 de octubre de 2008

L muchacha de la Casa Luna IV




Susi Babío. "A lo lejos"
A Coruña 2006








La novela continúa, el que quiera dejar un comentario ya sabe, al final a la derecha. Y la próxima semana más.



La muchacha de la Casa Luna

IV

Al cogerle el brazo sintió un repentino escalofrío y supo de inmediato que ya nunca lograría despertarla. Estaba muerta. Encendió el mechero y pudo observar un hilillo de sangre ya coagulado que surgía de la comisura de su boca, por el lado en que se apoyaba a la farola. Era una muchacha muy joven, no tendría más de diecisiete años. Era muy bonita y seguro que en el colegio debía de haber tenido mucho éxito entre el gremio masculino. Daba la impresión de que dormía plácidamente. Ricardo le pidió a Rosetta que utilizara el móvil, para llamar a la policía.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)

jueves, 2 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna III


Susi Babío. Venus sin brazos






Continúo con la novela, espero que guste.




La muchacha de la Casa Luna

III


Enfrascados en sus profundas deliberaciones detectivescas, sin darse apenas cuenta, se dirigían sin rumbo fijo por una calle desconocida del barrio viejo de la ciudad. A aquellas horas, si de día había poca circulación, ahora daba la impresión de que en cualquier momento se iba a oír una voz advirtiendo: ¡¡Agua va!! Y volver al siglo dieciocho.

De repente Ricardo sintió que Rosetta le apretaba el brazo derecho para advertirle de algo. Con un gesto de cabeza le indicó que mirase hacia el otro lado de la calle. Y allí frente a ellos, sentada en el bordillo de la acera, apoyada contra una farola apagada, no por falta de corriente, sino por falta de cristal y bombilla, pudo observar en la penumbra, a una muchacha aparentemente joven y aparentemente dormida. Con cierta curiosidad, que para eso eran periodistas, y con ánimo de ayudarla si lo necesitaba, fueron hacia ella. Así como se acercaban y a pesar de la poca luz, algo les llamó la atención. La postura en la que se encontraba aquella joven, lejos de parecer incómoda para el lugar en el que se hallaba, por su gesto tranquilo y sereno aparentaba estar sumida en un dulce y placentero sueño. Era rubia, de pelo corto, no muy delgada, tenía las piernas dobladas y se abrazaba a ellas. En una postura fetal, que diría un médico forense. Estaba apoyada sobre el lado izquierdo, con la cabeza recostada en una de las ondulaciones de la farola. Vestía un suéter corto, que al estar en aquella postura, dejaba al descubierto gran parte de su cintura y su espalda, al igual que sus piernas tapadas sólo por una escueta minifalda. Estaba descalza, y no se veían zapatos por ninguna parte. Tampoco se veía ningún bolso. Al llegar junto a ella Ricardo se agachó para tocarle el brazo y despertarla, para ver si necesitaba ayuda…


(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)

jueves, 25 de septiembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna (II)





Susi Babío
Muchacha a la orilla del río. A Coruña 2008.
Galería Xerión, playa de Riazor. A Coruña









Como había prometido, continúo con "La muchacha de la Casa Luna", espero que alguien me diga si le gusta. Por mi parte, la próxima semana continuaré con la tercera parte.







La muchacha de la Casa Luna



II


Era curioso pero durante todo el rato que su jefe le estuvo hablando no se le había borrado aquella sonrisa que le asomaba por la comisura de la boca. A Ricardo aquello no le gustaba nada, y el mar de incertidumbre iba generando olas cada vez más grandes que amenazaban con engullirlo.

Al cabo de un rato volvió Leonardo.

- ¡Aquí estamos! Ricardo, te presento a tu ayudante a partir de ahora mismo – dijo con una amplia sonrisa de satisfacción -. Mi hija Rosetta.

Y de repente apareció en la puerta del despacho, la muchacha más bonita que Ricardo jamás había visto.

Era una joven de unos veinticinco años, morena, con el pelo corto peinado a lo “garçón”. Debía ser casi como él de alta, quizás con una diferencia de tres o cuatro centímetros aproximadamente. Ricardo medía, en situación normal, uno ochenta y dos. Aunque en aquel momento no se atrevería a medirse. Así que Rosetta rondaría el metro setenta y ocho, más o menos. Con los ojos verdes más bonitos e impactantes que jamás hubiese imaginado. Le recordaron al color del fondo del mar de esos documentales de arrecifes de islas paradisíacas, llenos de corales y peces de miles de colores sobre el verde del lecho marino. Su figura…, ni se atrevía a fijarse en ella, porque lo que nunca le había pasado, le acababa de ocurrir. La temperatura de su cuerpo le había aumentado tanto que como cualquier “pipiolo” de quince años se había puesto colorado hasta las orejas. Lo que le produjo un incómodo círculo vicioso circunstancial. Ella le había hecho sudar, el sudar le hacía sonrojar y el sonrojo le hacía sudar, y el sudar… Monegros se dio cuenta de la situación y como jefe y sobre todo padre, quiso dejar todo aclarado y bien aclarado.

- Ricardo, mi hija Rosetta acaba de terminar la tesis de fin de carrera “cum laude”. Va a ser una gran periodista. Te lo aseguro como padre, y sobre todo como profesional con tres lustros de labor periodística a mis espaldas. Así que a partir de ahora mismo seréis uña y carne, profesionalmente hablando ¡He dicho profesionalmente! ¡¿Queda claro?!

De repente se le había borrado aquella sonrisa burlona, pero habían aparecido unas inquietantes arrugas en su actual ceño fruncido.

- ¡Ricardo! ¿Me quieres contestar?

- ¡Eh! ¡Oh, sí! ¡Claro, como no! ¡Tú mandas! Y yo tengo que terminar mi articulo y nada más ¡Ok, jefe!

- ¡Estupendo! – dijo Leonardo respirando profundamente -. No sabes lo que me alegro de me hayas entendido. Rosetta, hija, te presento a un gran periodista de investigación que en este momento se halla perdido en una encrucijada muy complicada y peligrosa. Necesito que empecéis a trabajar inmediatamente.

Desde aquel día no se habían separado. Pero su relación, muy a su pesar, no dejaba de ser meramente profesional. Rosetta, como la había presentado su padre, a pesar de su juventud, era una mujer muy ambiciosa. Sabía lo que quería y no paraba mientras no lo conseguía. Gracias a ella, a su intuición y “mi experiencia”, como solía decir Ricardo, habían logrado salir de aquel embrollo que era el caso de los “Protésicos dentales”. Seis meses después y por culpa de su cabezonería, Monegros les había adjudicado este caso que la primera vez que Ricardo lo había oído, creyó que les estaba tomando el pelo. Ruedas para cochecitos de bebés, con cubiertas de un caucho transgénico de última generación. Gracias al cual los bebés no necesitaban empezar a andar para matarse, pues se desgastaban a tal velocidad que en algunas ciudades con cuestas en las calles, ya se habían dado varios casos de accidentes al dejar las madres a sus bebés “aparcados” con el freno puesto y este no ser efectivo por la falta de rugosidad en las ruedas. ¡Absurdo! ¿Verdad? Pues era cierto. Es más, uno de los niños había fallecido. El cochecito, incontrolado, fue a parar al medio de la calle, encontrándose de frente con una furgoneta de venta de helados con demasiada prisa por llegar a su lugar en el paseo de la playa.

Y en medio de ese fregado se encontraban ellos dos. Ricardo más perdido que un calamar en pleno desierto, y su ayudante como un perro sabueso olfateando debajo de todas las piedras. Y a todas horas. Por eso les habían dado casi las doce de la noche en la redacción, hasta que los surtidores cortafuegos del techo comenzaron a funcionar por el humo que ya salía de sus cabezas.

Ricardo necesitaba urgentemente unas vacaciones. Necesitaba urgentemente rematar esta investigación. Y sobre todo no sabía como decirle a Rosetta si aceptaba acompañarlo a recorrer el mundo durante todo un año sabático. Ese que otros periodistas utilizan para escribir un libro. Pues al diablo con el libro. Él sólo quería escribir su historia, día a día sin preocupaciones, con Rosetta.


(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna" novela. A Coruña, Noviembre de 2005)