viernes, 17 de octubre de 2008

La muchacha de la Casa Luna V




Susi Babío. Muchacha en postura de yoga.
A Coruña, 2007





A la orilla de un lago recordé qué día era hoy y me apresuré a continuar la novela. ¿Habré hecho bien?





La muchacha de la Casa Luna


V

Después de hacer la inspección rutinaria, el oficial encargado del caso, el inspector Barroso, un hombrecillo rechoncho, casi calvo, con cara de bonachón, ya entrado en años, y bastantes años, pues le quedaba “el estornudo de un murciélago” para jubilarse, según le contestaba a todos aquellos que al verlo en comisaría le decían: ¡¿Pero hombre, Barroso, todavía estás en activo?! El inspector se había acercado hasta donde esperaban Ricardo y Rosetta. Después de presentarse cordialmente, sentenció totalmente convencido:

- ¡Caso resuelto! La chica después de una juerga nocturna, que descubriremos enseguida dónde tuvo lugar, y tras consumir ¡Sabe Dios! cuántas porquerías, intentó volver a casa. Y antes de reventar, hizo un alto en el camino para descansar un poco apoyada en la columna. La vencieron el cansancio y los estupefacientes, y se quedó dormida para no volverse a despertar. No se observan signos de violencia y la postura lo dice todo. Lo dicho. “Típico” ¡Caso resuelto! – volvió a decir convencido -. Y ustedes dos, hagan el favor de pasar por comisaría para prestar declaración. No hace falta que se apuren mucho. Por la mañana, a cualquier hora, cuando puedan. Así que nada más ¡Buenas noches! y ¡Hasta mañana!

Y sin decir nada más, dio media vuelta se metió en su coche patrulla y desapareció por la primera transversal a la derecha en pos de la ambulancia que circulaba rápida, pero en silencio. Nadie se podría haber imaginado que en aquel cortejo casi silencioso, viajaba una preciosa joven rubia llena de vida poco antes y ahora inocentemente fría, dentro de una bolsa de plástico negra cerrada con una larga cremallera. Todo había sido muy rápido y muy limpio. Sólo habían tardado apenas dos horas, y eso porque les costó encontrar al juez de guardia para el levantamiento del cadáver. Sin embargo, Ricardo estaba convencido de que para lo que habían hecho, con media hora les hubiese sobrado tiempo. Porque en realidad desde su perspectiva de periodista de investigación, a lo que había hecho la policía en este caso no se le podía catalogar ni de chapuza. Simplemente no habían hecho nada. Llegaron, vieron a la muchacha, se fumaron un Whinston, el inspector apuntó en su “cuaderno importante de notas” los recados de la mañana siguiente: “… a las 13:00, recoger a los nietos en el cole”. “… a las 17:00, llevar a mi suegra al Ave, para que no se pierda”. Etc., etc. Esperar al juez y ¡Adiós! Lo dicho, media hora. Ricardo estaba indignado. Todo lo contrario le pasaba a Rosetta que después de todo lo ocurrido, inmediatamente continuó pensando y organizando la investigación del caso que tenían entre manos.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña 2005)