jueves, 11 de diciembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XIII Susi Babío, escultora.


Susi Babío. "Sueño del Sur".

Galería Xerión, A Coruña.



Vuelvo a utilizar esta figura de Susi, y la vuelvo a utilizar porque me encanta y, para mí, expresa toda la fuerza de una escultora y el romanticismo de una poetisa.





La muchacha de la Casa Luna

XIII

Al llegar al bar “Casa Luna” Ricardo notó algo extraño. A pesar del caos y abandono que existía en aquel lugar, “algo” estaba aún más revuelto. Al apearse del coche, inmediatamente se dio cuenta de que las rejillas de las alcantarillas cercanas al bar estaban desplazadas y tiradas a un lado. Alrededor de las alcantarillas se amontonaba toda la suciedad que había sido retirada de su interior, como campos abonados de estiércol. Daba la impresión de que quien había estado buscando ¡Dios sabe qué! Lo había hecho con prisa y sin importarle que alguien descubriese la maniobra. Y él, la noche anterior, no había sido. Él lo había dejado, curiosamente, todo recogido. Era algo que había aprendido trabajando al lado de Rosetta. También se fijó en la farola, ya no había ni cinta, ni pantalla, ni agujeros, naturalmente. Estaban en el suelo hechos añicos. Pero la cinta no estaba. A Ricardo el enfado le aumentaba por momentos. Se acercó a la cristalera del bar.
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¡Cabrones! Sean quienes sean – exclamó dejando que su enfado se desbordara -. Tenía que haberlo previsto. Debería haber traído mi cámara. No debí de haberme marchado tan pronto.
Mientras gritaba sin cortarse un pelo, miraba fijamente a Rosetta a los ojos, con una furia desconocida para ella que la hizo estremecerse.

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Y yo me llamo periodista de investigación ¡Ni un niño puede ser tan ingenuo! Pensar que todo iba a seguir igual que anoche ¡Parezco más policía que periodista! Seguro que pido una plaza de policía y me hacen comisario ¡Seré imbécil! Hasta la zapatilla deportiva ha desaparecido.
- Pero… ¿Qué te ocurre? ¿De qué hablas? – le gritó Rosetta -. No entiendo nada ¿Qué pasa?
Ricardo, sin contestarle, salió disparado hacia el callejón por donde había aparecido el gato la noche anterior. Al dar la vuelta se encontró en la parte de atrás del bar. Delante de la puerta trasera del mismo. Y estaba abierta. Mejor dicho, reventada. La cerradura hecha añicos. Y se acordó de la lata de cerveza rodando, no había sido el gato. Y ¿de quién huía el gato? Seguro que mientras él investigaba por el frente, “alguien limpiaba” por la parte de atrás y por el interior del local.

(Francisco Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)