jueves, 4 de diciembre de 2008











Rosa Martinez, poetisa; José Rubio Gascón, escultor; Corín Diego Cervera, pintora; Carlos Barcón, pintor; Manoli Castro, pintora; y el que esto escribe, en la última exposición del grupo Arco Iris en la Residencia para mayores de Caranza, en Ferrol (a. P.) Quiero decir antes de París, que es donde van a exponer próximamente. Ya informaré de ello y de ellos. En esta ocasión he tenido la suerte de ser invitado por el grupo para leer uno de mis poemas en compañía de una gran poetisa como es Rosa Martinez Dios. Como digo a partir de ahora iré informando de ellos, de sus obras y de la de otros grandes artistas y amigos que me siento honrado de poder contar con ellos en esta pequeña ventana del arte.



La muchacha de la Casa Luna

XII

(capitulo III)


Fue sorprendente. Las declaraciones se llevaron a cabo con la mayor rapidez posible, con un mínimo de interrupciones, más que nada para corregir algunas palabras excesivamente técnicas que el escribiente de turno no conseguía entender. Por lo demás ¡Ya está listo! ¡Pueden marcharse! Y ¡Muchas gracias por las molestias! Lo dicho, todo muy rápido, muy limpio, muy educado. La única alteración en todo el proceso fue cuando Ricardo, antes de despedirse del inspector Barroso y en su papel de periodista, se atrevió a pedirle una copia del informe policial. Creyó que el inspector le iba a poner un montón de pegas, que si era secreto del sumario, que si era un informe oficial y no podía entregarse a la prensa, etc., etc. Pero al contrario, lo único que hizo fue entregarle una copia, incluso con fotografías del lugar de los hechos y de la victima. Y finalmente, para rematar el absurdo, se ofreció para responder a cualquier pregunta o duda que tuviesen, y en cualquier momento. Después se disculpó con un montón de trabajo que tenía pendiente de atender y se despidió. Ricardo y Roseta no daban crédito. Siempre habían pensado que por muy obvias que fuesen las pruebas iniciales en un caso de muerte, las investigaciones, la tramitación simplemente, la obtención de pruebas, las entrevistas, las conclusiones. Todo ello llevaría, como mínimo, varios días. Los inspectores, los forenses, los laboratorios, incluso las comidas, los bocadillos, las cervezas y los cigarrillos que se consumirían durante todo el proceso representarían más tiempo añadido, bastante más tiempo. Pero nunca llegaron a imaginarse que todo eso se resumiría, para el ojo profesional del cuerpo de inspectores de la policía, en tan sólo y exactamente, siete horas, treinta minutos y quince segundos. Ni más, ni menos. Increíble. Absurdamente increíble, pensaba Ricardo.

-Ayer cuando te dejé en casa, volví al lugar donde encontramos a la chica – dijo Ricardo mirando a Roseta-. No estaba tranquilo. Algo me chocaba en todo aquello. Y descubrí un par de cosas interesantes. Quiero que las veas.
Y a continuación subieron a su Smart semi-deportivo, de color azul marino combinado con un beige, característico de la marca. Roseta la primera vez que lo vio, tomó a Ricardo por un fan de aquella serie de los ochenta, Miami Vice. Sólo que su compañero no tenía los mismos “posibles” que aquel rubio norteamericano, policía antivicio, llamado “Sonny”.

(Francisco Vila. "La muchacha de la Casa Luna", novela. A Coruña, noviembre 2005)