martes, 16 de diciembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XIV. Fina Cajiao, pintora

Fina Cajiao. Óleo

En el mes de Abril de este año en casa me animaron a asistir a la inauguración de una exposición de pintura. La verdad es que no conocía a la pintora, ni tenía referencias de ella, sólo sabía que era la hermana de una compañera de la madre de mis hijos. Y allá nos fuimos, hasta Casa Charry, en Oleiros (A Coruña). Cuando conocí a Fina Cajiao y pude contemplar sus cuadros decidí que algunos de ellos, los que ella quisiera prestarme , iban y debían estar en este blog junto a las obras del resto de mis amigos. Y así, a pesar del retraso por una serie de razones técnico-informáticas, aquí está y estará acompañando a esta novela las próximas semanas, la obra de otra artista que demuestra que lo es en cada pincelada de sus lienzos.



La muchacha de la Casa Luna

XIV

Ricardo estaba desquiciado. Que a él le pasaran estas cosas después de tantos años de investigaciones. No lo aceptaba. Rosetta no daba crédito. Finalmente se había decidido a seguirlo hasta el callejón, y ahora seguía sorprendida de verlo en aquel estado de excitación. Nunca antes lo había visto tan desquiciado. Y lo peor de todo era que no sabía como ayudarlo y tranquilizarlo.

Debray entró en el local intentando, a pesar de su excitación, no pisar los trozos de madera reventados de la puerta, ni los trozos de la cerradura tirados por el suelo. El ambiente en el interior era frío. El abandono y el polvo lo cubrían todo. Una pequeña cocina, un despacho almacén y el bar. Cuatro mesas al fondo, sin sillas, la barra a la derecha. Tres mesas más frente a la barra, pegadas a la pared, con sus correspondientes asientos dobles corridos, estilo americano, y una única mesa junto al ventanal que daba a la calle. Cuánta gente, y coches y vida. Cuánta actividad y algarabía en ocasiones, los días de partido. Cuánto de todo ello se había contemplado desde aquella mesa y a través de aquel ventanal en otros tiempos, cuando el barrio estaba en plena ebullición. Cuando lo habitaban tantos vecinos deseosos de disfrutar de su vida, de su futuro. Aquel barrio que en otros tiempos había llegado a ser de los de más actividad de la ciudad.

Ricardo se agachó en el lugar en donde había visto la zapatilla la noche anterior. Ya no estaba. Había desaparecido al igual que la cinta. ¿Qué relación había entre ambas cosas? En el suelo había polvo. Había polvo por todas partes, pero por ese detalle, Ricardo descubrió unas huellas en el suelo gracias a la luz que entraba por el ventanal. Por la noche no las había visto porque la luz de la linterna no las podía distinguir desde fuera, y los que estuviesen dentro no se darían cuenta de las marcas que estaban dejando ya que la luz de la calle no llegaba a iluminar el interior del local. Y la farola que tendría que iluminarlo estaba rota.

Había huellas de zapatos deportivos. Como mínimo un par de pares distintos. Tal vez un par de ellas fuesen de la muchacha, y las otras… ¿de quién serían las otras? Ricardo debía y quería seguir investigando.

- ¿Qué te parece si utilizas mi teléfono móvil para hacer algunas fotos, antes de que termines alterando todas las huellas? – dijo Rosetta que en ese momento acababa de entrar en el local -. Ric, dime que está pasando ¿Qué es lo que pretendes? Quieres explicarme a que viene toda esta excitación, por algo de lo que hasta ayer no teníamos ni idea. Y que además ya está investigando la policía.

A Rosetta le preocupaba cada vez más, aquel repentino y desaforado interés por un caso que a ellos ni les iba ni les venia. Ya tenían sus propias preocupaciones con el caso de los protésicos, que por cierto ellos sí que se estaban poniendo demasiado nerviosos. Podían denunciarlos, denunciar al periódico, pedir indemnizaciones y ordenes de alejamiento. Podían ir a la cárcel por meter las narices donde no debían haberlo hecho sin cubrirse las espaldas a tiempo. Y no lo habían hecho todavía.

A Ricardo se le habían encendido los ojos y había recuperado las esperanzas. El teléfono de Rosetta para hacer las fotos. Ella ya se lo había comentado en varias ocasiones: <<…Ricardo, deberías cambiar el móvil por uno de tercera generación. Parece mentira que seas periodista…>>.

- Rosetta, anoche después de dejarte y venir aquí, cuando miré a través del ventanal, aquí mismo había una zapatilla deportiva. Nueva, de mujer. Y hoy ya no está. Hay huellas de haber arrastrado a alguien aquí dentro. Esta noche había una serie de cosas que hoy han desaparecido. Y es muy curioso que entre tanto abandono y desorden, alguien se preocupe de hacer desaparecer pruebas de no se qué. Aquí pasa algo y estoy decidido a descubrir de qué se trata – contestó Ricardo, ya algo más calmado -. Además puede ser un buen artículo y seguro que más interesante que lo que ahora estamos haciendo ¿No crees? ¿Estás dispuesta a ayudarme? Te necesito.

- Debray, estamos demasiado comprometidos con el gremio de protésicos. Ya has visto la actitud del presidente. Lo teníamos contra las cuerdas y ahora viene en plan gallito. Si cedemos sólo un poco podemos tirar toda la investigación por la borda. Y hemos trabajado demasiado para perderlo todo por otra investigación que ni tú mismo sabes de qué va. Por muy interesante que te parezca el caso. Además la policía ya ha tomado cartas en el asunto y aunque a ti te parezca que no hacen nada, seguro que no nos han dicho toda la verdad sobre la investigación que están realizando. Tú sabes muy bien que nunca dicen toda la verdad. Y ya oíste al inspector, él lo tenía todo muy claro.

Ricardo apenas la oía.

- Sí, claro. Tienes razón – le contestó sin prestarle atención-.

Acababa de ver la esquina blanca de un papel, que sobresalía por debajo de la pata central de la mesa que quedaba justo al lado de las huellas que tanto le intrigaban. Se agachó y tiró del papel.

(F. Vila F. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)