martes, 23 de diciembre de 2008

La muchacha de la Casa Luna XV. Óleo de Fina Cajiao


Fina Cajiao, óleo.



¡Somos el puente al infinito, que se arquea sobre el mar, se arriesga por placer, vive misterios por la alegría de hacerlo... se pone a prueba una y otra vez, aprende a amar y amar y AMAR! Esto dice Richard Bach en su "autobiografico" Puente al infinito. Y estoy de acuerdo, sobre todo en aprender a Amar en todos los sentidos. Como Fina ama su pintura y así nos lo demuestra.







La muchacha de la Casa Luna

XV

Tenía el tamaño de una tarjeta de visita, pero no lo era. Había algo escrito en él:

Llamar sin falta a las 10:30 697079817 22/02/03

El papel tenía que pertenecer a quien había estado arrastrando un cuerpo en aquel lugar. Entre otras razones, porque estaba demasiado limpio. Y sobre todo porque la fecha que figuraba en él era la de aquel mismo día. Y faltaban quince minutos para las 10:30. Tenía que hacer algo y rápido. Inmediatamente.

- Rosetta, déjame tu móvil.

- ¿Qué ocurre ahora? ¿Qué vas ha hacer? – contestó ella-.

- Después te lo explico. Ahora necesito el teléfono y salir de aquí ¿Por cierto como se hace para ocultar el número del que llama?

Rosetta le cogió el teléfono, se lo preparó y se lo entregó de nuevo.

Ricardo esperó a que faltasen sólo tres minutos para la hora y marcó el número que venía en el papel. Sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban cuando oyó la primera señal de llamada. Y la tensión aumentó al oír la segunda.

- ¿Andreu? ¿Eres tú? – preguntó una voz de mujer -. ¿Va todo bien?

- Todo limpio y recogido – contestó Ricardo -.

Había puesto la mano delante del teléfono para desfigurar la voz todo lo posible. Tenía que arriesgarse, seguirle la corriente. Estaba convencido de que aquella voz estaba preguntando si no quedaban rastros del asesinato de la muchacha. Sí, asesinato. Ricardo estaba cada vez más convencido de que aquello había sido un asesinato con todas las letras.

- Andreu ¿qué te ocurre en la voz? Te oigo muy mal.

Ricardo se dio cuenta de que tenía que justificar el cambio de voz del supuesto Andreu, si no, todo estaba perdido.

- Alguien está husmeando por aquí cerca y no quiero que me oigan – contestó sin apartar las manos del micro -.

- De acuerdo. Terminaré pronto. Ahora sólo tienes que encargarte del otro problema. Esos dos están resultando demasiado incómodos. Quiero verlos fuera de circulación cuanto antes. Y sobre todo ella. Parece tonta, pero es la más lista de los dos. Debray no es nada sin ella.

Ricardo sintió una punzada en el estomago y gotas de sudor frió comenzaron a bajar por su cuello ¿Qué estaba pasando? ¿Quiénes eran aquellas personas y por qué querían eliminarlos si no tenían nada que ver con aquella muchacha?

- ¿Me has entendido bien? Llámame en cuanta esté el trabajo liquidado ¿De acuerdo? – concluyó la voz de mujer-.

- ¡De acuerdo! – contestó Ricardo -.


Y entonces oyó que el móvil quedaba en silencio. Habían colgado. De repente comenzó a sentir que un temblor “in crescendo” se iba apoderando de su cuerpo. La tensión que había soportado durante la llamada, se iba transformando en algo totalmente distinto.

- Ricardo ¿qué te han dicho? ¿Con quién has hablado?

- Rosetta, esto no ha sido un suicidio, ni una muerte por sobredosis. Ha sido un asesinato – contestó él, cada vez más nervioso-. Y no me preguntes por qué, no lo sé. Lo que sí sé, es que alguien quiere matarnos. Pero tampoco sé por qué.

Rosetta lo miró con los ojos desorbitados y también empezó a ponerse nerviosa. Fue curioso, ella también empezó a temblar.

- ¿Quién… quién nos quiere matar? Y ¿Por qué? – balbuceó-.

(F. Vila. “La muchacha de la Casa Luna”, novela. A Coruña, noviembre 2005)